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SANTIAGO DE COMPOSTELA, SANTA Y HEDONISTA

SANTIAGO DE COMPOSTELA, SANTA Y HEDONISTA

SANTIAGO DE COMPOSTELA, SANTA Y HEDONISTA
abril 07

SANTIAGO DE COMPOSTELA, SANTA Y HEDONISTA

compostela

El mítico Camino de Santiago de Compostela. Galicia recibe a millares de peregrinos de todo el mundo.

Santiago de Compostela es una ciudad tan marcada por el imaginario cristiano que hasta el local de tatuajes más popular del casco antiguo lleva un nombre bastante devoto: Sagrado Corazón. Y ésta es una identidad que le viene de largo, de los lejanos años de la Edad Media, cuando la ciudad gallega se convirtió en uno de los principales centros de peregrinación del cristianismo, en el punto final del legendario Camino de Santiago, por el que miles de fieles marchaban cada año hasta los confines de Europa para visitar la tumba del apóstol.

Pero Santiago es también una ciudad de estudiantes -sede de una de las universidades con más prestigio de España- por lo que en sus bellas y húmedas callejuelas, la solemnidad de las abadías y las iglesias contrasta con el bullicio característico de los grupos de jóvenes con tiempo para derrochar. Así, el laberinto del casco histórico está plagado de bares de tapas y buenos restaurantes especializados en mariscos (Galicia presume de ser una de las comunidades con mejor mesa de toda España), de pubs neblinosos por el humo del tabaco y discotecas en las que se puede bailar hasta las 6 de la mañana un martes cualquiera.

Santa y hedonista a la vez, la ciudad es, por encima de cualquier otra cosa, la meta última del Camino de Santiago, una ruta de peregrinaje que comienza en Roncesvalles, en la frontera con Francia, y atraviesa el norte de España en un recorrido de casi 800 kilómetros jalonados por ciudades como Pamplona, Logroño y León, pequeños pueblos, monasterios de piedra y antiquísimas iglesias, y termina serpenteando por encantadores senderos de la Galicia rural, hasta que finalmente las torres de la catedral de Santiago aparecen recortadas en el gris del cielo gallego.

El 2010 no fue un año más para “El Camino”, ya que fue Año Santo Xacobeo (cuando la festividad del apóstol, el 25 de julio, cae en día domingo), un momento que no volverá a repetirse hasta 2021. Millones de personas partieron rumbo a Compostela, atraídas no sólo por el clima particularmente festivo que se vive en el Camino, sino porque según la liturgia, la peregrinación hacia la tumba de Santiago durante un año santo permite abreviar notablemente la estadía del alma en el Purgatorio. Muchos de los peregrinos fueron fieles cristianos, y muchos otros llegaron atraídos por un concepto de la espiritualidad acaso más amplio, vinculado con ideas como la solidaridad, la camaradería y la necesidad de superar los propios límites. Todos ellos, valores que florecen con una particular intensidad a lo largo del Camino.

Con las botas puestas

Hace una infrecuente mañana de sol en el lluvioso oeste de Galicia y vuelvo a atar —esta vez más fuerte— los cordones de mis botas de trekking, mientras saco el cálculo probable de ampollas que tendrán mis pies al final de la jornada. Estamos en Samos, a 160 km de Compostela, cerca de donde comienza la etapa gallega del Camino, el último gran tramo para quienes vienen marchando desde los Pirineos. El plan de hoy es recorrer los 21 km que separan a las localidades de Tricastela y Sarria, la mayor distancia que creo haber caminado en toda mi vida en un sólo día.

Samos está más o menos en el medio del trayecto y merece una visita sin prisas, ya que es sede del monasterio benedictino de San Julián y Santa Basilisa, un sitio maravilloso, lleno de historias, que bien podría ser escenario de una ficción policíaco-religiosa de Dan Brown o Umberto Eco. Es, probablemente, el monumento arquitectónico más relevante que hay de aquí hasta Compostela. Se trata de uno de los monasterios más antiguos de España, fundado en el siglo VI como un modesto cenobio rural, que a lo largo de los siglos fue convirtiéndose en un verdadero tesoro arquitectónico, en el que confluyen estilos como el gótico tardío, el renacentista, el barroco y el neoclásico. Tal como ocurre en las películas, en los claustros del monasterio abundan las inscripciones en clave y hay curiosidades como un mural de los años del franquismo en el que los funcionarios del régimen aparecen retratados como centuriones romanos. O, en onda bromista, una inscripción situada en el techo de una de las galerías que dice “¿Qué miras, bobo?”, destinada a los monjes jovenzuelos que tenían la malsana costumbre de levantar la vista del suelo.

Sándwich al paso y al camino otra vez. La tarde transcurre entre senderos que atraviesan pueblitos de no más de veinte casas, algunos de ellos ocupados por una misma familia que fue repartiéndose en minifundios las tierras del tatarabuelo. Alguna que otra tiene una palmera en el patio, signo de que pertenece a un gallego que hizo fortuna en las Américas y regresó con una palmera para demostrarlo. Desde los portales nos ven pasar mujeres de manos nudosas, vestidas de negro de pies a cabeza. Huele a estiércol, a campo recién sembrado, y los bordes del camino están tapizados por centenares, miles, de castañas que acaban de soltarse de los árboles. Es una tarde maravillosa, templada y clara. La caída del sol me encuentra arrastrándome por las escalinatas de Sarria. Efectivamente, tengo los pies llenos de ampollas.

EN LA GALICIA PROFUNDA

Galicia es uno de los lugares de España menos explorados por el turismo. Y eso es, en realidad, un dato positivo, ya que no abundan los montajes para turistas y las cosas se ven parecidas a como se vieron siempre. Hacer el Camino es una muy buena excusa para lanzarse a explorar la Galicia profunda, un territorio virginal, de ancestral carácter rural, donde los paisajes parecen más pictóricos que reales. Así como existe un “Azul Francia”, debería haber un “Verde Galicia”, un tono que sirviera para describir ese color único y profundo que tienen las colinas de la provincia de Lugo, donde pastan —felices de ignorar su inexorable destino— pelotones de vacas rubias.

El Camino enhebra senderos que atraviesan pueblos y plantaciones, puentes medievales y hermosas iglesias románicas como las de Santiago de Barbadelo o la de Vilar de Donas. Con la proa puesta hacia Santiago de Compostela, a donde pretendemos llegar la mañana del domingo, para acudir a misa en la mítica Catedral, pasamos por Puerto Marín, con su bella iglesia de piedra y sus vistas desde lo alto del imponente cauce del río Miño. Por los senderos vamos cruzando, perdiendo de vista y volviendo a cruzar a viajeros de todas partes. Nos decimos “buen camino”, el saludo de los peregrinos. Una pareja de españoles que viene a pie desde Salamanca nos pide cigarrillos; hay una inglesa con bastante pinta de demente, que lleva un ramillete de botellas de plástico colgando y un brasileño que olvidó su pasaporte no sabe dónde. No sé bien por qué, pero nadie tiene la menor duda de que volverá a encontrarlo.

Un mediodía entramos por una callejuela empedrada a una ciudad, no recuerdo bien si era Melide o Arzúa, y desde la ventana de un restaurante nos ofrecen tentáculos de pulpo. El cocinero los corta con una tijera gigante y nos pasa los pedazos, bañados de aceite de oliva. Me cuesta decidir qué está más bueno, si el pulpo o el aceite. El pulpo, pienso, el pulpo. Y pido más.

LAS TORRES DE LA CATEDRAL

Independientemente de la fe que profese cada uno, el Camino acaba generando en quienes lo recorren una poderosa sensación de espiritualidad. Una espiritualidad que puede estar vinculada con la religión, con la naturaleza, con la historia, con uno mismo, o con todas esas cosas al mismo tiempo. A medida que pasan las horas, caminando en completo silencio entre robles y castaños, tomando contacto con el legado de hombres y mujeres que vivieron hace cinco, diez, doce siglos atrás, la mente comienza a dejarse llevar, a soltar amarras. Deja de pensar. Se centra en el entorno y desconecta con todo lo demás.

En un estado como ése me encuentro sobre el puente medieval del pequeño pueblo de Furelos, observando cómo un grupo de truchas remontan el río cristalino, para no ser arrastradas hacia el mar. Un día después ya estamos en Santiago, donde la bruma envuelve las torres de la Catedral. Las campanas anuncian que la misa está a punto de comenzar. Es el fin del camino.▀

EL DATO

En el siglo XII, el papa Calixto II escribió un texto sobre el Camino que se considera una de las primeras guías turísticas de la Historia.

informaciÓn

El trazado más famoso de la ruta de Santiago, el llamado “Camino Francés”, se extiende por 760 km desde Roncesvalles, en los Pirineos. De todas formas, basta con hacer los últimos 100 kilómetros para obtener la “Compostela”, el certificado de que se ha completado el Camino. A lo largo del viaje, el caminante va sellando en monasterios, iglesias o simples bares una cartilla que se compra por un euro al comenzar la travesía y que se canjeará luego por la “Compostela” en la Oficina del Peregrino, situada en el casco antiguo de Santiago. En casi todos los pueblos de mediana importancia hay hospedajes para peregrinos (con habitaciones colectivas, sencillos y muy limpios), en los que se puede pasar una noche (sólo una) por apenas 3 euros. Además, a lo largo de la ruta hay una notable cantidad de antiguas casas rurales que han sido recicladas para recibir viajeros y ofrecen servicios de tipo boutique. El Bono Iacobus es un programa turístico que brinda travesías guiadas, con traslados, comidas y hospedaje en estas casas rurales, algunas de las cuales tienen varios siglos de antigüedad. En cualquier caso, el Camino no presenta mayores complicaciones ya que está perfectamente señalizado con las famosas flechas amarillas que van indicando el recorrido al viajero. En la mochila del peregrino no pueden faltar elementos como una campera de lluvia (en Galicia llueve buena parte del año), gorro, un botiquín con curitas para ampollas. Y zapatos de trekking con algo de uso previo. No hace falta ninguna preparación física especial, ya que no hay grandes subidas, sólo ganas de caminar.

Lo curioso

El “botafumerio”, es el incensario de la Catedral de Santiago. Se usa en ocasiones especiales o por donaciones de 300 euros.▀

Diego Marinelli

Especial para Clarín de Buenos Aires

30 01 2010

Actualizado en Temas.cl

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Humor

Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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