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ELIZABETH TAYLOR: EL CURSO DE UNA ESTRELLA

ELIZABETH TAYLOR: EL CURSO DE UNA ESTRELLA

ELIZABETH TAYLOR: EL CURSO DE UNA ESTRELLA

ELIZABETH TAYLOR: EL CURSO DE UNA ESTRELLA

TAYLORSu muerte esta semana es el deceso del Hollywood clásico. Empezó como niña actriz y su belleza se convirtió en leyenda. Con una carrera brillante y una vida personal atormentada, este fue su camino hacia la inmortalidad en el cine.

Elizabeth Taylor, no hace mucho, apareció en una fotografía y estaba tal como era en la actualidad: enjuta, arrugada y sobre una silla de ruedas, convertida en una pasa vieja, enferma y humana.

¿Era ella, realmente, la estrella de cine, la que empezó de niña, la actriz que fue contratada por la Metro, la mujer piel de porcelana, cabello negro y ojos violeta?

Era ella y ahí estaba Liz Taylor, pero no sólo en la última foto, sino en las imágenes de las últimas décadas, donde fue atrapada por los paparazzi con esas fotos para las curiosidades del día, la sección Aunque usted no lo crea o para algo titulado Quién te ha visto y quién te ve.

Era difícil de creer. Algunas veces por gorda y con aliento alcohólico entre vestidos anchos y vaporosos; en ocasiones tendida sobre una camilla saliendo o entrando de un hospital; también oculta tras enormes anteojos oscuros y con algo parecido a un turbante que disimulaba las manchas, la pérdida de pelo o el cambio de piel.

Era ella, aunque sea difícil de imaginar. La actriz murió a los 79 años, que no son tantos para los ricos y famosos que viven por la soleada California, pero fueron demasiados para una mujer que fue la última reina del viejo Hollywood y que alguna vez fue Cleopatra, la última reina del Antiguo Egipto.

Elizabeth Taylor empezó a vivir demasiado pronto, por su belleza y por su madre, una actriz que vio en la hija lo que ella nunca tuvo.

Creció en el gran estudio que la había contratado, la Metro Goldwyn Mayer, y pasó por todos los cursos, subió los peldaños e hizo justo lo que se esperaba de una alumna aventajada.

Fue una adolescente con caballo de carrera o con una perra persistente, en “La cadena invisible” (1943). Fue la hermana que empieza a ser mujer en “Mujercitas” (1949) y la joven casamentera en “El padre de la novia” (1950).

Pasó al cine de acción y de matiné, para hacer de doncella rescatada por “Ivanhoe” (1952) o “El bello Brummell” (1954), es decir, por Robert Taylor y Stewart Granger.

Su gran película de ese tiempo, está entre las bisagras del resto de la filmografía. Es una historia negra, criminal y con dos amantes, cada vez más malditos: “Ambiciones que matan” (1951), con Montgomery Clift y ella.
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El director, George Stevens, la convocaría años más tarde, para la superproducción “Gigante” (1956), con Rock Hudson y James Dean, que es el pórtico de su gran época, porque ya había cerrado con honores los cursos básicos que el cine le podía dar: los de niña prodigio, adolescente encantadora o doncella perseguida.

Elizabeth Taylor no tenía más de 26 años en la vida real, pero ya se había divorciado dos veces, tenía tres hijos y además era viuda, porque el productor Michael Todd, su tercer marido, no salió vivo de un accidente en avión.
Le decían Lucky Liz.

La actriz estaba por participar en cuatro películas y por cada una de ellas fue nominada al Oscar, pero sólo lo ganó con la última: “El árbol de la vida” (1957), “Una gata sobre el tejado caliente” (1958), “De repente en el verano” (1959) y “Una Venus en Visón” (1960), donde era una prostituta de lujo en Nueva York.

En esta última película conoció al que sería su nuevo esposo, el cantante Eddie Fisher.

Lo que vendría a continuación sería más caro, complicado y costoso.

Los exteriores se filmaron en Egipto, España e Italia.

La actriz se enfermó al comienzo del rodaje, de meningitis y pulmonía. Hasta temieron por su vida.
La superproducción “Cleopatra” (1963) fue un incordio, entre otras cosas, porque las demoras, caprichos y peticiones de la pareja protagonista no tenían medida: Cleopatra y Marco Antonio, es decir, Liz Taylor y el actor galés Richard Burton, se habían enamorado con una furia imperial y sólo existían ellos y el resto -película, rodaje, director- se podían ir a bañar al Nilo.

Burton estaba divorciándose de su mujer. Eddie Fisher perdió esposa y las ganas de cantar. El romance y el posterior matrimonio, no acalló un escándalo que era portada de diarios y revistas del corazón, y ahora se extendía al cine.

Estuvieron casados por una década, entre 1964 y 1974, y en ese lapso empezaron a filmar juntos. El público, en “Almas en conflicto” (1965) y especialmente en “¿Quién le teme a Virginia Wolf?” (1966), vio a la pareja en acción, porque se decía que sus peleas eran titánicas y no quedaba nada en pie, ni orgullo ni dignidad, ni secretos ni confesiones.

Lo que había en su matrimonio, podían llevarlo al cine. Ya se hablaba de drogas y alcoholismo entre ellos. Entonces era el cine, la vida y todo mezclado, revuelto, confundido. Era la actuación y el morbo.

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Por “¿Quién le teme a Virginia Wolf?”, Elizabeth Taylor logró su segundo Oscar. Burton sólo fue nominado. En 1967, estuvieron reunidos en tres películas: “La fierecilla domada” (1967), “Los farsantes” (1967) y “Doctor Fausto”.En 1968, en “Boom: el ángel de la muerte”. Filmaron un total de once películas, la última para la televisión y con un título preciso: “Divorce his – divorce hers” (1973).

Se separaron ante la incredulidad del mundo, que pensaba que el amor entre las estrellas era maldito y por eso mismo aguantador y duradero. Al tiempo se dieron cuenta que no podían vivir el uno sin el otro y debían rehabilitarse de las drogas y el alcohol, pero era preferible mejorarse acompañado que solo.
Limpios y sanos, Burton y Taylor, se volvieron a casar en octubre de 1975, estaban enamorados y tenían la vida por delante.

En la realidad fueron 10 meses, se redivorciaron en octubre de 1976. En esos años, Elizabeth Taylor apenas actuó en otras películas, donde se destaca “Reflejos en un ojo dorado” (1967), con Marlon Brando.

La actriz apenas tenía un poco más de 44 años cuando se divorció por segunda vez de Burton. Lo vivido y querido, lo padecido y también lo actuado, ya no se lo iba a quitar nadie.

Después de participar en “El espejo roto” (1980), según una novela de Agatha Christie, con una docena de estrellas en el reparto, se alejó del centro y de las primeras pistas, incursionó en seriales de televisión y apenas en un par de películas, una de ellas fue “Los Picapiedra” (1994), donde interpretó a la suegra de Pedro, el protagonista.

Ya había cursado todos los grados: niña prodigio, adolescente iluminada y doncella en peligro. Después fue una mujer adulta con sentimientos explosivos y una energía dramática incontrolable, por donde giraba la ira y la venganza, el deseo ciego y el amor incontenible.

Ahora, hacia el final, aunque ni siquiera tenía 50 años cuando actuó en “Los Picapiedra”, podía hacer el curso que le faltaba y que siguen tantas actrices y actores viejos: el ridículo. En el cine y también un poco en la vida: su séptimo matrimonio y divorcio, fue con el político republicano John Warner; el octavo y último, con el camionero Larry Fortensky.

Después vino el encerrarse y enfermar, ayudar en campañas contra el SIDA, recibir el Oscar humanitario Jean Hersholt en 1993 y pasar más tiempo en la silla de ruedas o en la cama, que sobre sus pies.

También evitar las fotografías, para que nadie la comparara con el espejo fatal que son sus películas, porque ahí está la actriz, tal como era y tal como va a quedar.

A los 79 años y debido a una insuficiencia cardíaca, pasó el último curso.

Lo que se murió fue una señora decrépita, pero no ella: Elizabeth Taylor.▄

Antonio Martínez.
Wikén
“El Mercurio”
25 03 2011

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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