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JESÚS NO ES UN iPHONE

JESÚS NO ES UN iPHONE

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JESÚS NO ES UN iPHONE

lillianLillian Calm señala que el Vaticano recordó que la confesión es un diálogo personal entre el penitente y el sacerdote, nada lo sustituye menos “el programa virtual que lleva el publicitario nombre de Confession para iPhone”.

Yo no sé muy bien todavía lo que es un iPhone, pero lo que sí sé es que no es un sacerdote ni, mucho menos, es Jesús. Aclarado esto, no se requieren muchas luces para deducir que un católico no puede confesarse a través de ese aparato archi mentado hoy día, tanto por los que entienden de comunicaciones como por los que se hacen los entendidos.

Para concluir en la afirmación anterior me basta con tener ciertas nociones básicas de doctrina y haber comprado en su momento, a principios de los noventa, un libro gordo, de tapas naranjas, de cerca de 700 páginas, que se titula “Catecismo de la Iglesia Católica” y que releo de vez en cuando aunque reconozco no con la asiduidad con que debería.

Ningún católico puede salirse con la excusa de que “yo no leo libros gordos”, porque resulta que el Papa Juan Pablo II le pidió años después a su mano derecha que redactara un compendio. Fue así como en 2003, el entonces Prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, el cardenal Joseph Ratzinger, presidió la comisión especial encargada de la tarea, y fue él mismo quien ya como Benedicto XVI hizo entrega en 2005 de un volumen de apenas 250 páginas.

¿Pero qué tiene que ver todo esto con el iPhone? En estricto rigor, absolutamente nada si no fuera porque el Vaticano tuvo que salir a aclarar que un nuevo programa virtual que lleva el publicitario nombre de Confession para iPhone “nunca podría sustituir el diálogo personal entre el penitente y el sacerdote, o no habría sacramento”.

Me dicen que un obispo estadounidense incluso le había dado el vamos, ante lo que la
Santa Sede tuvo que apresurarse en poner los puntos sobre las íes.

Una cosa es ayudarse con medios digitales para prepararse o hacer un examen de conciencia. Otra muy distinta, acudir a un sacerdote para confesarse y pedir que le imparta el llamado sacramento de la Penitencia, de la Reconciliación o del Perdón, como le llama la Iglesia. El sacerdote, en ese momento, hace las veces de Cristo que, como aclaraba, no es un iPhone, aunque la empresa computacional que los fabrica aspire tan en grande.

El Papa Benedicto XVI, durante el Año Sacerdotal, previno contra una mentalidad “hostil a la fe, que incluso intenta impedir el ejercicio del ministerio” y dijo que es necesario volver al confesonario, no sólo como lugar para administrar el sacramento de la Reconciliación, sino también como sitio en el que el fiel encuentre misericordia, sea confortado y se sienta amado y comprendido por Dios.

“Vivimos en un contexto cultural marcado por la mentalidad hedonista y relativista que tiende a cancelar a Dios del horizonte de la vida, no favorece tener claros cuáles son los valores de referencia y no ayuda a discernir entre el bien y el mal, y a madurar un justo sentido del pecado”, afirmó Benedicto XVI.

Periódicamente, no es un misterio, surgen diversas iniciativas para socavar este sacramento. Recuerdo que hace unos años se propagaban también muchos errores sobre la confesión. Por ejemplo, que ésta podía ser colectiva… como en el caso de un naufragio, omitiendo que la absolución administrada en esa circunstancia pierde validez si la persona sobrevive y no acude, en la primera oportunidad que tenga, a confesarse con un sacerdote.

Voceros de la Iglesia procuraron desmentir esos errores pero todo fue en vano, como si las agencias cablegráficas, contraviniendo su misión de informar, se esforzaran por el contrario en desinformar, hasta que Juan Pablo II, maestro en comunicaciones, recurrió a una estrategia que nadie le pudo tergiversar. Vistió una sotana negra, bajó de sus aposentos pontificios y se sentó en un confesonario a confesar. Así, en una fotografía que dio la vuelta al mundo y que incluso aparece en la portada de un librito sobre el tema y que nadie pudo alterar, aparecía avalando gráficamente la importancia del sacramento (¡hasta el Papa se da tiempo para confesar!) y, también, que la confesión se realice en un confesonario, y que es personal, auricular, secreta.

Es más, no hay que olvidar el origen de este sacramento: Cristo resucitado en la tarde de Pascua se mostró a sus apóstoles y les dijo, como lo relata el Evangelio de San Juan: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos”.

Ahora los detractores resurgen disfrazados de iPhone (me cuesta hasta escribirlo porque empieza con minúscula y sigue con mayúscula), y fue el portavoz de la Santa Sede, el padre Federico Lombardi, quien subrayó la necesidad del “diálogo personal entre penitente y confesor, así como la absolución por parte del confesor presente (…) Esto no puede ser sustituido por ninguna aplicación informática”, y por tanto “no se puede hablar de ninguna forma de ‘Confesión por iPhone’”, explicó. Otra cosa es que sirva de preparación y que sustituya a la típica hojita de papel o al viejo torpedo, esa ayuda memoria que sirve desde para rememorar las faltas cometidas hasta para anotar las tan urgentes compras del supermercado.▄

Lillian Calm
Temas.cl
23 02 2011

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