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MIS CUATRO EGIPTOS

MIS CUATRO EGIPTOS

MIS CUATRO EGIPTOS

MIS CUATRO EGIPTOS

lillianEscribe Lillian Calm: “Dejé Egipto con la impresión de que había estado en un país paupérrimo de un patrimonio riquísimo, donde también había encontrado un rincón que no todos visitan”.

Mi primer Egipto, como es lógico, es el del libro de historia que usábamos en el colegio. Me marcó. Sus pirámides, su Nilo, sus dioses, no se pueden olvidar, pero reconozco que era una visión en miniatura de mi segundo Egipto: el que conocí décadas más tarde, al pisar esa tierra. Entonces dimensioné esas pirámides, navegué su Nilo, cabalgué sus camellos, recorrí uno de los más imponentes museos del mundo, me encontré con sus dioses grabados en testimonios milenarios y enmudecí ante el espectáculo imponente de luz y sonido más logrado que jamás haya visto.

Mi tercer Egipto fue más personal. Algo audazmente —errores de juventud— me zafé de todo lo que tuviera sabor a tour, y me alejé del hotel y del grupo para vivir ese país árabe y los alrededores de su céntrica plaza Tahrir, con su impronta estadounidense reflejada en los Burger Kings o Burger Inn (ya no recuerdo bien cuáles). Mi experiencia no duró mucho, a pesar de la deformación o formación periodísticas. Se extendían hacia mí esas manos que se ven en todo Egipto, de quienes lucran con el turismo pero que claman como pordioseros, pidiendo lo que sea. Es verdad: se palpaba la miseria, pero esos seres estaban lejos de evocar esas fotografías tomadas para hacer conciencia de la hambruna que existe en algunos países del África.

Me ofrecían de todo y ellos mismos al mostrar su mercancía iban reduciendo sus precios, segundo a segundo, como regateándose a sí mismos. Tantos dólares. Menos, menos, cada vez menos… al comprobar que me alejaba sin comprar. Pero aunque yo caminaba impasible, en un momento me detuve. Craso error. Me fijé en un gato de piedra de unos 15 centímetros de alto —el culto al gato aparece en el Antiguo Egipto alrededor del año 2.900 a.C.— que no pensaba comprar, pero la transacción la hicieron ellos mismos. “Money, money, money”, repetían a coro. Prácticamente me obligaron a llevarme un gato de piedra, imitación de aquellos de los de tiempos faraónicos, cuando por lo general eran criados en los templos por su estrecha relación con las deidades. El hecho es que llegué con el gato a Chile —era en principio bastante caro—, que no supe cómo me terminaron endilgando apenas por el precio de tres dólares.

Luego empalmé con el cuarto Egipto, un Egipto más mío. Le oí al pasar a un turista que en El Cairo se encontraba la casa de la Sagrada Familia, ésa donde tras su huida vivieron María y José con el Niño. No es dogma de fe, por supuesto. Pero la tradición y la creencia popular la sitúan en esa especie de cripta estrecha que se encuentra bajo la basílica de San Sergio y que es preservada por los coptos, que han mantenido la fe cristiana desde el siglo I a pesar de los muchísimos pesares.

Pero hacia allá no encontré buses turísticos. Con mi amiga Marta, también periodista, nos fuimos a la estación de metro y en cuanto éste se detuvo nos subimos a uno de sus carros. Horror de horrores. ¡Nos encontramos arriba de aquél en que sólo pueden trasladarse hombres! Se paralizó unos minutos todo el sistema, y mientras ellos nos miraban con risa y sorna, alguien nos condujo al vagón que nos correspondía, de puras mujeres. Ahí casi todas iban cubiertas, menos nosotras por supuesto.

Llegar a la cripta fue retroceder a la modernidad, aunque se encuentra en el llamado Barrio Viejo de El Cairo, cerca del Nilo. En Egipto, salvo los Burger, prácticamente todo es de milenios antes de Cristo. Aquí estábamos en tiempos de Cristo, hace apenas veintiún siglos, lo que en ese país es casi presente.

Me invadió esa devoción profunda que había experimentado en Tierra Santa. El que se queja en esos lugares de los ambulantes es que sólo ve ambulantes. Afortunadamente vimos mucho más y entramos a ese refugio pequeñito, muy pequeñito, considerado un lugar santo por haber sido el hogar de esa familia que debió huir de la persecución del rey Herodes.

Dejé Egipto con la impresión de que había estado en un país paupérrimo de un patrimonio riquísimo, donde también había encontrado un rincón que no todos visitan. Hoy, después de unos años, casi me parece una fábula haber estado en esa tierra, pero el gato de piedra es el testimonio de que realmente fui para allá y de que me lo traje por, apenas, unos pocos dólares.▄

Lillian Calm
Temas.cl
15 02 2011

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