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DE PROFESOR DE UNIVERSIDAD A MONJE BENEDICTINO

DE PROFESOR DE UNIVERSIDAD A MONJE BENEDICTINO

DE PROFESOR DE UNIVERSIDAD A MONJE BENEDICTINO

DE PROFESOR DE UNIVERSIDAD A MONJE BENEDICTINO

iglesiaEl padre Cantera, historiador, explica su misión en la comunidad benedictina de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, fundada en los años 50 del siglo XX, con monjes provenientes de la Abadía de Santo Domingo de Silos.

Santiago Cantera era feliz con sus clases y sus alumnos en la Universidad San Pablo-CEU de Madrid. Estaba pensando en casarse. Pero notaba en su interior la llamada a una entrega absoluta a Dios. Y lo concretó en la vida monástica. Hoy es historiador, investigador, profesor, y portavoz de la comunidad benedictina de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, fundada en los años 50 del siglo XX, con monjes provenientes de la Abadía de Santo Domingo de Silos.

La página de la Abadía es testigo de los trabajos del padre Santiago Cantera: http://www.valledeloscaidos.es/abadia.

El monje benedictino responde a las preguntas de ZENIT no sólo sobre su vocación sino también acerca del entorno que le rodea, el tan discutido memorial del Valle de los Caídos, en San Lorenzo de El Escorial, Comunidad de Madrid, a 9,5 kilómetros del monasterio del mismo nombre, en la sierra de Guadarrama.

—¿Podría decir brevemente qué hace un joven como usted en un sitio como este?

—Ingresé en el monasterio con treinta años, cuando era profesor en la Universidad San Pablo-CEU de Madrid. Era feliz con las clases, con los compañeros y en el trato con los alumnos. Tenía todo lo que me cabía desear y podía pensar en casarme, pues el matrimonio y los hijos me atraían mucho y era una vocación a la que estaba abierto; incluso tuve una novia tiempo antes.

—Sin embargo, desde niño había advertido una inquietud muy grande hacia la vida monástica y siempre estaba latente en mi corazón y en mi alma. En ese momento tenía todo lo que profesionalmente podía desear, pero tenía también una sed inmensa de Dios, que el mundo exterior no me permitía saciar. Notaba en mi interior la llamada de Dios, la vocación a la vida monástica, a una entrega absoluta a Él.

—Yo en parte me resistía, porque eso implicaba renunciar a tantas cosas que me gustaban y que había conseguido, así como a proyectos de futuro, como formar una familia. Pero, al lado de esa resistencia, había en mí un deseo misterioso de escuchar esa voz interior y eso me hacía seguir buscando. Desde hacía años, me retiraba pequeñas temporadas a algún monasterio. Finalmente me orienté más hacia la Cartuja y realicé una prueba. Un sacerdote me recomendó hacer unos buenos ejercicios espirituales: hice el mes ignaciano y la gracia divina me iluminó.

—A partir de ahí comenzó el tramo final que me trajo a esta abadía. En la vida benedictina en el Valle de los Caídos yo encontraba la posibilidad de combinar una vida monástica contemplativa con un cierto apostolado en la Basílica, en la Escolanía, mediante la pluma… o en cualquier ámbito que la obediencia un día pudiera indicarme.

—Creo haber visto en un programa de televisión que es usted doctor en Historia. ¿Cuál es su especialidad? ¿Sobre qué está investigando?
—Estudié Geografía e Historia en la Universidad Complutense de Madrid y me doctoré por ella con la especialidad en Historia Medieval.

—La tesis trató sobre la Orden de la Cartuja en la España de los siglos XV y XVI: es lógico que el tema aumentara mi amor hacia esa Orden y hacia la vida monástica en general, y de hecho mi línea habitual de investigación ha ido por esas direcciones.

—Ejercí como profesor en la Universidad San Pablo-CEU, aunque ya había dado algunas clases como becario en la Complutense, y a esto se añadió la colaboración en un proyecto de investigación en la Real Academia de la Historia sobre el reinado de Enrique IV de Castilla.

—Después he trabajado en bastantes vertientes más y me he abierto al campo del pensamiento y del ensayo, especialmente en relación con la Teología de la Historia y la Filosofía e Historia de las Civilizaciones, así como a la Mariología.

—La última investigación que acabo de concluir es un estudio sobre el concepto de España en el Reino Visigodo de Toledo.

—El Valle de la Nava, o de Cuelgamuros, o de los Caídos. ¿Qué nombre le gusta más y por qué?

—Más que el valle, es el risco sobre el que se asienta la Cruz y en el que está excavada la Basílica.

—El nombre original del valle es Cuelgamuros, sobre cuya etimología se han ofrecido varias hipótesis. Es un nombre sin duda bello y que forma parte de la historia y de la geografía del lugar.

—Pero también es precioso el nombre de “Valle de los Caídos”, porque en él reposan los restos de casi 34.000 caídos de ambos bandos en la guerra según el registro (pero muy posiblemente haya entre 50.000 y 70.000): los que cayeron enfrentados están hermanados hoy aquí de cara a la eternidad.

—Es una lástima que algunos prefieran seguir hoy enfrascados en venganzas del pasado y no quieran comprender el sentido de la reconciliación, que sólo se puede alcanzar bajo los brazos redentores de la Cruz. A veces coloquialmente hablamos también de “El Valle”.

—Eso es mucho más que un cementerio de la guerra o un museo de la memoria… ¿Me puede resumir cuál es la misión de los monjes benedictinos en ese lugar?

—La misión esencial de los monjes es la alabanza constante de Dios a través de la oración y el trabajo, en nombre de toda la Iglesia y de todos los hombres. Pero además, en este lugar tenemos encomendada una tarea particular, que es orar por las almas de todos los caídos de nuestra guerra de 1936-39, tanto los sepultados aquí como en otras partes de España, e interceder ante Dios para que Él derrame sobre España la paz y la prosperidad.

—Para alcanzar este fin, habíamos asumido también un papel importante en la dirección del Centro de Estudios Sociales, lamentablemente desaparecido.▄

Nieves San Martín
Zenit
23 01 2011

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Diagnósticos errados

En 1878, el profesor de la universidad de Oxford Erasmus Wilson (1809-1884) pronosticó:

—En lo que respecta a la luz eléctrica, hay mucho que decir a favor y en contra. Creo poder afirmar que la luz eléctrica morirá con el fin de la Exposición Universal de París. Luego no volveremos a oír hablar de ella.

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En 1864, el rey Guillermo I de Prusia (1797-1888), cuando le comentaron los avances del ferrocarril, afirmó convencido:

—Nadie pagará dinero por ir de Berlín a Potsdam en una hora cuando puede llegar a lomos de su caballo en un día y gratis.

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En 1940 el profesor de Harvard, Chester L. Dawes afirmó:

—La televisión nunca será popular. Hay que mirarla en una habitación semioscura y exige continua atención.

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