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ÍDOLOS SANGRIENTOS

ÍDOLOS SANGRIENTOS

ÍDOLOS SANGRIENTOS

ÍDOLOS SANGRIENTOS

idolos-sangrientosNunca es lícito hacer el mal ni siquiera para que venga un bien. Nunca es lícito agredir a un inocente por más que cantos de sirena digan que así nos libraremos de un mal.

Si uno deja de creer en Dios bueno, creerá en otros dioses no buenos, incluso si se declara ateo entronizará el poder a cualquier precio, o el placer a toda costa, o el propio “yo” por encima de los demás a los que no se duda en pisotear, o al mismo tiempo una Naturaleza mitificada que justificará cualquier crimen (“hemos de dejar morir a los hombres para no agredir a esa Naturaleza”).

Ante esos ídolos sacrificará a personas inocentes; a niños a los que no se deja nacer, a ancianos a los que se encamina a una muerte prematura, a pueblos enteros a los que se deja morir de hambre, de enfermedad o de guerra. Cuando el hombre dobla su frente ante estos ídolos está cavando su sepultura moral y física, la adoración de estos ídolos prostituye la dignidad del hombre o mujer creados a imagen y semejanza de Dios.

“La verdad os hará libres”. Denunciar la mentira, la sustitución del Dios verdadero por dioses falsos y crueles, es una parte del oxígeno que precisan hombre y mujer para vivir como personas, para construir una paz merecedora de ese nombre, para preparar un futuro humano y digno a nuestros hijos. Un criterio que no falla para distinguir si se habla de Dios verdadero o de ídolos es que estos últimos siempre exigen o justifican una acción malvada, con la maligna coartada de que “el fin justifica los medios”: hay que matar a los niños por nacer porque tal cosa buena se logrará, hay que dejar morir de hambre a tal pueblo porque tal consecuencia buena sucederá.

En cambio, el Dios verdadero nunca será cómplice del mal. Nunca es lícito hacer el mal ni siquiera para que venga un bien. Nunca es lícito agredir a un inocente por más que cantos de sirena digan que así nos libraremos de un mal. Por desgracia corren por ahí teorías malignas que afirman que una acción es buena, por malvada que parezca a un hombre sencillo, si sus consecuencias son buenas. Y, para mayor desgracia, no faltan eclesiásticos que se apuntan a este avieso carro. Ya Juan Pablo II condenó con voz firme y clara estas teorías (Veritatis splendor). Estos tales pisotean la sangre de los mártires que arrostraron hasta la pérdida de su propia vida antes que hacer el mal.

Por más que se disfracen con lenguaje de creyentes, éstos no adoran al Dios verdadero, sino a un dios ídolo que, al igual que los dioses crueles de la Antigüedad exigían sacrificios humanos, exige su peaje de acciones malvadas.▄

Javier Garralda Alonso
Forum Libertas
05 01 2011

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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