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HUMANICEMOS EL MUNDO

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diciembre 30

HUMANICEMOS EL MUNDO

humanicemos

Hemos de cambiar de paradigma. Hay que pasar de una cultura de la competitividad a una cultura de la cooperación.

Humanizar el mundo es una necesidad de primer orden. ¿A qué nos referimos cuando hablamos de humanizar el mundo? Puede parecer un concepto vago e impreciso, pero no es así. Es una idea tan clara como necesaria. Queremos decir cambiar todo aquello que no va bien, porque beneficia a pocos y perjudica a muchos; queremos decir educar para transformar la ambición del tener y acumular en la generosidad del dar y del compartir; queremos decir que es necesario educar para gestionar de forma generosa los conflictos, con el diálogo y el respeto, sin ningún afán de dominio, con la idea clara de que la victoria de unos sobre la derrota de otros nunca es la solución del conflicto; educar decididamente en una cultura de paz, considerando la violencia como un fracaso que nos bestializa y nos deshumaniza.

Hemos de cambiar de paradigma. Hay que pasar de una cultura de la competitividad a una cultura de la cooperación. Eso no quiere decir no ser competentes, sino que lo que hagamos, hacerlo bien. Pero sin poner el objetivo en superar a nadie. No se trata de ser el número uno en ventas, ni de ser líderes de audiencia; se trata simplemente que lo que hagamos o lo que digamos sirva para construir un mundo mejor. Supongo que muchos pensarán, que esto es pura utopía, pero pensemos ¿cuántas utopías del pasado hoy son una realidad palpable. La utopía es un objetivo a conseguir, es un camino que no se acaba nunca, porque siempre se puede mejorar y, así, paso a paso, se puede ir construyendo lo que los cristianos llamamos el “Reino de Dios”. No se trata de algo misterioso, impreciso o difícil de entender, sino simplemente de un mundo donde impera la justicia, la verdad, la paz y el amor reciproco. Así de sencillo y claro, pero ¿por dónde empezamos?

Se trataría de empezar por nuestras relaciones personales más inmediatas: vida de pareja, vida de familia, etcétera. Optimizar al máximo las relaciones con una comunicación de calidad, expresión clara y escucha profunda. Siempre de igual a igual. Nadie por encima de nadie. Esta actitud se debe ir ampliando a otros ámbitos: vecindario, trabajo, deporte, empresa, vida pública, mundo de la política, mundo de la economía, pero al llegar a este punto nos damos de narices con un muro infranqueable: el poder económico. Es que el poder económico no es democrático, y sin democracia económica no hay democracia política. En nombre de la libertad, el poder económico dicta las políticas a los gobiernos. Añadamos a eso la opacidad de gestión, nunca sabemos a ciencia cierta en qué se invierte nuestro dinero.

En medio de esta selva, donde el beneficio suele ir del brazo de la injusticia, aparecen pequeños puntos de esperanza que auguran una nueva visión de la economía. La ética vuelve a la banca, por la puerta pequeña, pero por ahí se empieza. Enanos en medio de gigantes, pero con la fuerza de la dignidad de tener las manos limpias. Surgen agencias de banca ética, con una clientela mayoritariamente joven que quiere tener la seguridad de que su dinero no servirá para comprar armas o cualquier otro tipo de negocio sucio. El director general de una banca ética comentaba en una charla que en los treinta años de su anterior empleo en un banco jamás le pregunto nadie en qué invertiría su dinero. En cambio, nunca se olvidaban de preguntar qué interés daba.

En este sentido, no sólo debe cambiar la mentalidad de la banca, sino la mentalidad del cliente. En esta tarea de humanizar el mundo, hay que entrar sin miedo a humanizar la economía, apoyando todas estas iniciativas precursoras, como pueden ser el comercio justo o la banca ética. Se trata de pasar de una economía animalizada a una economía humana. Es una llamada urgente a la responsabilidad.▄

Antoni Pedragosa
Forumlibertas
29 12 2010

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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