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AÑO NUEVO, ¿SIN CANSANCIOS?

AÑO NUEVO, ¿SIN CANSANCIOS?

AÑO NUEVO, ¿SIN CANSANCIOS?
diciembre 30

AÑO NUEVO, ¿SIN CANSANCIOS?

año-nuevoHay quienes empiezan el año con el peso del cansancio del año viejo. Pero también es posible empezar con un alma llena de esperanza.

El paso del tiempo desgasta los corazones. Después de sueños y proyectos fracasados, después del constante traqueteo de la vida, iniciar un nuevo año tal vez llega a convertirse en una fiesta vacía, sin sentido, sin esperanzas, sin promesas.

Hay quienes empiezan el año nuevo con el peso del cansancio bajo el que vivimos el año viejo. Otros lo inician desde el lastre de una historia personal que ha dejado heridas hondas, en sí mismos o en quienes les rodean.

Pero también es posible empezar no sólo el año nuevo, sino la llegada de cada nuevo día, con la actitud fresca de un alma llena de esperanza.

Las preguntas surgen espontáneamente: ¿es posible esta esperanza? ¿En dónde podemos acogerla? ¿Cómo estar seguros de que esta vez no ocurrirá lo que hasta ahora ha determinado una existencia insípida y llena de cansancios?

Si las respuestas fueran fáciles, ahora mismo tomaríamos las riendas de nuestros actos para cambiar la ruta y dirigirnos hacia horizontes nuevos con energías renovadas. Pero sentimos continuamente la acción del pesado lastre del pasado…

Quizá llega la hora de mirar más arriba y más adentro. Descubriremos que estamos bajo la luz y la presencia de un Dios que es Creador y Padre. Recordaremos que vino al mundo y que caminó entre los hombres, que dio su Cuerpo y su Sangre en un gesto de amor ilimitado, que ofreció la misericordia para perdonar nuestros pecados.

Con un gesto de confianza podremos acoger el Amor que llega desde lo alto, el Amor que nos sostiene desde dentro. Así llegaremos a iniciar el nuevo año, y cada día nuevo, con la confianza de quien dice, simplemente: Señor, tú me conoces. Tú sabes lo débil y frágil que es mi corazón. Pero tú me amas. En tu nombre, otra vez, lanzaré las redes… (cf. Lc 5,1-5).▄

Fernando Pascual, LC
Profesor de Filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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