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HUELE A ESPERANZA, HUELE A NAVIDAD

HUELE A ESPERANZA, HUELE A NAVIDAD

HUELE A ESPERANZA, HUELE A NAVIDAD
noviembre 12

HUELE A ESPERANZA, HUELE A NAVIDAD

NAVIDADUn soplo que desahoga el alma y recompone el corazón. Ese olor es como huele la promesa de los hombres. De cada uno y a cada uno de ellos.

Se pone el casco meticulosamente. Nunca es un trayecto excesivamente largo. Nunca demasiado cansado. En ese acomodarse el moderno yelmo, no hay un escrúpulo legalista. Pero a pesar de lo relativamente breve que puede ser el recorrido, sabe que ha de ceñirlo bien, más por comodidad que por agradar a una ley paternalista. Y sobre todo sabe por experiencia como un casco te separa de esta vida y de la otra con un centímetro y medio de PVC o Kevlar.

El tiempo es frío, hosco, húmedo. La moto no es la mejor de las cabalgaduras en circunstancias como esa. Pero la suya es noble, potente, fiel. Sabe mecerle con seguridad en las curvas más traidoras, trazándolas con orgullo, pero respetando un asfalto que no le perdonará el más mínimo error. Y aún así continua pensando que hoy valdría más no salir.

Con el tiempo, alguien le dijo, aprenderás a pensar en lo tuyo cuando vayas en moto. No hay música en ese viaje. No hay calefacción ni conversación que te arrope. Sólo el murmullo del motor, los tumbos del viento y la tensión de un periplo que no te permite lujos.

Y así es. A pesar de todo o quizás por esas carencias, la mente se abstrae de una conducción que se suele automatizar de manera peligrosa. Y en ese rodar, el ronroneo agradable de los dos cilindros de su máquina, le hipnotiza el pensamiento y se ensimisma en sus cosas. Y en sus penas.

El aire gélido se cuela con felonía y ansia por cada rendija de la ventilación que ese casco ajustado le ofrece. Las mejillas se enfrían, se congestiona la nariz y sendas lágrimas trazan líneas horizontales escapándose hacia los oídos. Aunque esta vez no sabe si es el aire aterido que empuja esas lágrimas, o el recuerdo de alguien que se va de su vida.

Ese mismo aire helado le ofrece todo tipo de aromas y olores. Tiene la suerte de moverse por carreteras y entornos rurales que serpentean por una gama de fragancias transportándole con facilidad a su infancia. Una infancia que transcurre por bosques y cabañas hechas con palos.

Con amigos de trifulcas solucionadas a pedradas. Con barro hasta las cejas y cerezos asaltados en verano. Ese aire gélido que entra como un afilado ladrón por las aberturas del casco, le ofrenda generoso y sin necesidad de mirar, olores profundos de madera recién cortada. De hogueras humeantes y especiadas a pino, roble, o haya. De tierra húmeda, espesa y vaporosa. De esa tierra que dormida por el manto del invierno sólo se despereza levemente para dedicar esencias íntimas e intensas de musgos o setas. Un aire helado que se esfuerza en llenarle los pulmones de cada árbol y piedra que observan impávidos desde los márgenes, su discurrir por la carretera.

Pero el frío no despeja cuando la pena distrae. Esta vez los ojos empapados no permiten la satisfacción de olores. Los cierra fuerte y los abre rápido, con la esperanza de que las lágrimas se den por aludidas y se vayan de una puñetera vez. Y pueda ver algo a través de una visera que insiste en empañarse. Si no fuera por la chaqueta recia de piel, notaría como el corazón se arruga como el papel estrujado por un puño. Si no fuera por el murmullo del motor, oiría como el alma se despedaza en crujidos secos y hondos. Y como los pedazos quedan atrás. Y se pierden en cada curva. Tal vez si no fuera porque su vida no le pertenece, susurraría a su honrada montura que no trace más curvas. Que no puede ya más. Que le pesan demasiado las riendas. Hasta aquí hemos llegado, mi amiga. No te batas más por mí en un asfalto ingrato. Por un jinete que se rinde.

Pero su vida no es suya. Jamás lo fue. Y un olor inesperado y fuerte, lo despierta del sopor de la tristeza y la derrota. Una fragancia que tal vez ese aire helado se guardaba por si acaso. Un perfume que lo transporta de nuevo al campo. Un paisaje mediterráneo, áspero, seco, pero bello. Familiar. Entre olivos, fogatas, piedras y troncos. Alguna cabaña improvisada y un cielo claro, cristalino y estrellado. En esa imagen es de noche. Y se reconoce solo, tal vez entre alguna oveja. Solo y perplejo. Perplejo y acobardado, escrutando algo que no encaja en su campo y en esa oscuridad cerrada. Una figura que resplandece sin luz. Que le mira y le habla. Y entonces recuerda el olor. Y los pulmones se ensanchan con ese aire que huele a sus hijas. Un soplo que desahoga el alma y recompone el corazón. Ese olor es como huele la promesa de los hombres. De cada uno y a cada uno de ellos. Huele a Navidad. Otra vez huele a esperanza.

Cómo huele la luz de las calles es un misterio. Los abrazos, la música, el esfuerzo que hace el hombre por no rendirse jamás al sin sentido. Un olor que nos recuerda para qué estamos hechos. Por qué nos revelamos a la desnaturalización de nuestra esencia.

El olor a la voluntad constante, tozuda, eterna de ser felices. Y en ese perfume se nos recuerda otra vez y con mayor intensidad un anuncio de rescate. Ya no nos preguntamos por el sentido del dolor. Es el Sentido mismo que envuelto en pañales nace en mi campo para socorrerme. Para liberarme. Para darme todas las respuestas.

Y ahora huele a Él. Otra vez. Huele a tierra. A música. A calor. Huele dulce, huele tierno, huele fresco. Huele a mi amor. Y al tuyo. Huele a los que no están pero siempre estuvieron. Huele a luz, a mazapán, a besos. Huele a deseos, a risas, a turrón. A música, a frío, a incienso.

Huele a esperanza otra vez. Y las que hagan falta. Hasta que esa esperanza se cumpla. Volverá a oler a Navidad.

Por ese olor repentino se reconoce perplejo en ese campo de Palestina hace dos mil años, escuchando a ese ser esplendente como le augura una salvación.

Y tomando la curva decidido se tumba seguro en un rugir que labra el asfalto con sus dos ruedas
Cierra los ojos fuerte y los abre rápido, con la esperanza de que las lágrimas se den por aludidas y se vayan de una puñetera vez. Aspirando profundamente los olores que la vida le ofrece. Y mientras se aleja acelerando se dice, ¡Huele a Navidad! ¡Por fin!

Y volverá a rescatarnos. A todos.

“Había en la misma región unos pastores acampados al raso, guardando por turno sus rebaños. Se les presentó el ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos se asustaron.

El ángel les dijo «No tengáis miedo, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo. En la ciudad de David os ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor. Esto os servirá de señal: Encontraréis un niño envuelto en pañales acostado en un pesebre». Y enseguida se unió al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que él ama”■■■■■

Enric Cantín
Forum Libertas
12 11 2010

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