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UNA SOCIEDAD EN BUSCA DE SALVACIÓN

UNA SOCIEDAD EN BUSCA DE SALVACIÓN

UNA SOCIEDAD EN BUSCA DE SALVACIÓN
julio 14

UNA SOCIEDAD EN BUSCA DE SALVACIÓN

asEl entusiasmo ante los futbolistas de la selección española comprueba que nuestro tiempo sigue necesitando superhéroes salvadores. Los medios los proporcionan con generosidad. La fascinación por los poderes sobrehumanos es una corriente que, en los últimos tiempos, se ha convertido en una tendencia global en el cine, televisión y, por supuesto, su crisol natural, el comic book.

Los héroes y superhéroes forman parte ya de la cultura popular. Pero, ¿es cultura? ¿No muestra un cierto grado de inmadurez quien cultiva esa afición? Dejando de lado la evidente diferencia en calidad literaria y fijándonos sólo en los personajes, ¿por qué va a ser más madura la afición por los héroes grecolatinos en sus versiones clásicas que la afición por los superhéroes modernos?

A Spider-Man lo convirtió en superhéroe la picadura de una araña manipulada genéticamente; a Aquiles (“el de los pies ligeros”) lo protegió un baño en agua (o en fuego y ambrosía, según otras versiones) que le dio su madre, una ninfa por más señas, mientras lo sostenía por el talón. ¿Es un problema de credibilidad o de credulidad?

LOS SUPERHÉROES INVADEN LAS PANTALLAS

Las nuevas técnicas de animación han permitido que el paso del superhéroe por la pantalla tenga la dignidad de las grandes producciones en lugar del habitual cajón de la serie B. Esta temporada llega a las pantallas de cine un buen surtido de películas de superhéroes: Iron Man 2, The Last Airbender, Captain America, Thor, Green Lantern… mientras aún resuena el eco de producciones recientes como la saga de Batman, X-Men y derivados, Los 4 Fantásticos, Transformers, Hellboy o Superman, que esperan una nueva versión o una nueva entrega. La afluencia de películas del género ha propiciado, como resultaba previsible, su porción de cine cómico: la olvidable Superhero Movie (2008), la versión gamberra de Will Smith (Hancock, 2008) o el reciente estreno de Kick-Ass (2010), cáustico, soez y entretenido.

En la pequeña pantalla han triunfado series internacionales como Héroes o Misfits y producciones propias como Los protegidos, que comparten programación con clásicos como Smallville —¡nueve temporadas!— o, para el público infantil, los eternos Power Rangers, los recién llegados Ben10 o Aaron Stone y las habituales series de animación, como Teen Titans o Hero Kids, que se han alejado mucho del modelo Dragon Ball.

La profusión de personajes ha dado al traste con las categorías establecidas. Ahora conviven en nuestras pantallas los habituales superhéroes con capa y antifaz (1) —Batman, Spider-Man, Captain America y compañeros—, con otros héroes de apariencia más corriente, con flequillo: Hiro y Peter (Heroes) o Lucas (Los protegidos).

LA ASPIRACIÓN A SUPERAR LOS LÍMITES

Los personajes con poderes sobrehumanos envueltos en hazañas igualmente sobrehumanas han interesado desde antiguo; parece que en cualquier época cuentan con sus héroes mitológicos: de Gilgamesh a Perseo, de Arturo a Roland, de Clark Kent a Luke Skywalker. (Un paréntesis para aclarar que en estas líneas usamos indistintamente el término héroe y superhéroe, sabiendo que son claramente distintos: el superhéroe tiene unas habilidades —los superpoderes—, que superan las limitaciones humanas; el héroe se caracteriza más por sus gestas —valerosas, eso sí— que por sus poderes).

Por otro lado, tener superpoderes no los convierte en héroes; el cómo y para qué use esos poderes elevarán al personaje a la categoría de héroe, o de villano. Algunos han resumido los rasgos que distinguen a un superhéroe en tres aspectos: tienen una misión (hacia los demás, desinteresada), para la que ponen en ejercicio unas habilidades especiales, adquiridas o congénitas (superpoderes), mientras intentan mantener su identidad oculta para llevar una vida lo más corriente posible (capa y antifaz). Estos rasgos son típicos, no necesarios, ni exclusivos: algunos no tienen una misión específica, otros no tienen identidad secreta, pero todos son súper.

Parece connatural al ser humano esa aspiración a superar los límites. Pero hay muy variados tipos de anhelos. Para algunos, el hambre de ir “más allá” es una muestra del anhelo de trascendencia del ser humano. Quizá sea un buen punto de partida para entender por qué nos fascinan los superhéroes. Cuando experimentamos los límites que la belleza, la vida o la verdad pueden alcanzar en este mundo, es natural que sintamos esos anhelos de plenitud de la Verdad, la Belleza, el Ser. Por contraste, cuando sentimos amenazada la vida —propia o ajena—, o la verdad o alguno de los valores que apreciamos, también resulta natural el anhelo de ser y obrar más allá del límite: para alcanzar esa protección —salvación— desearíamos tener unos poderes de más que garanticen la pervivencia, el triunfo de la justicia y de la verdad.

Pienso que detrás de esa fascinación por los superpoderes hay, sobre todo, una cierta rebeldía ante los límites que nos impone la naturaleza humana y, llevada al extremo, una búsqueda de sucedáneos a lo trascendente. Gritaba Homer Simpson: “Normalmente, no rezo; pero, si estás ahí… por favor… ¡sálvame, Superman!”. Se busca la solución extraordinaria pero inmanente —aunque los personajes (y la audiencia) no reflexionen en estos términos— en un intento por superar las propias deficiencias morales.

HÉROES CONFUSOS

Desde hace unos años, se ha generado una corriente de superhéroes con un conflicto interior. Al viejo Superman se le presentaba el dilema de salvar a algún ser querido o una ciudad entera; como buen superhéroe, conseguía salvar a todos. Ahora tenemos toda una nueva generación de superhéroes que no usan disfraz (pero mantiene su identidad oculta) y emplean sus habilidades más para proteger sus vidas que las de los demás. En las últimas producciones, se les ha añadido un matiz: usar los superpoderes para corregir sus errores. Ahí los héroes vuelven a conectar en plenitud, aunque sea a posteriori, con el anhelo de salvación, de perdón y armonía, común a todos los mortales. Quizá los nuevos superhéroes andan demasiado preocupados por su propia salvación.

Hiro, de Héroes, viaja en el tiempo una y otra vez para arreglar las consecuencias negativas de sus acciones; los chicos de Los protegidos se pasan el día usando sus poderes —aunque les tengan dicho los mayores que no deben hacerlo— tratando de salir de los apuros en los que entran por sus meteduras de pata. Se trata de historias intrascendentes, pero pervive en ellas el anhelo de redención que todos los héroes comparten. O deberían compartir.

Señala Antonio Sánchez-Escalonilla que un héroe es “ante todo, un protector y un servidor” —como el lema de la policía de Los Ángeles, “To Protect And to Serve”—, una persona valerosa que beneficia a otros en perjuicio de los propios intereses o de la propia seguridad o de la vida misma (2). Esa capacidad de entrega, junto con algunas habilidades peculiares, conforma la base de la personalidad de un héroe y lo hace atractivo para la audiencia. El problema de los superhéroes de la nueva ficción —coincidente en las series de éxito reciente en TV, Héroes y Los protegidos— es que en ocasiones no tienen claro qué son, qué hacen y por qué lo hacen.

LOS HÉROES ¿NACEN O SE HACEN?

No nos referimos aquí al origen del superhéroe —la causa de los superpoderes—, sino del proceso por el que un personaje con superpoderes termina convertido en superhéroe. En esa ficción, los poderes pueden ser innatos (o de origen extraterrestre), aparecer de modo fortuito (casi siempre por cuestiones de biotecnología fuera de control) o tener un origen inexplicado (forma parte del misterio que envuelve su identidad). También puede apuntarse un suceso que actúe como detonante —como ya se ha comentado, abundan los superhéroes con una agenda de venganza disfrazada de justicia—; pero, como señalaba Sánchez-Escalonilla en el título de su libro, un héroe se forja. Según sea la catadura moral de la “persona”, así será luego el “héroe”.

Peter Parker, huérfano bien educado por Aunt May y Uncle Ben, da un buen Spider-Man (a pesar de su momento oscuro); Lucas, que desborda ingenuidad y buenos sentimientos, resulta ser un buen protegido (un poco torpe, pero va aprendiendo); Clark Kent, criado por Martha y Jonathan según valores tradicionales, se convierte en el superhéroe que encarna las esencias del espíritu norteamericano (aunque sea un illegal alien).

Para hacerse, los héroes deben, en primer lugar, enfrentarse a sí mismos, afrontar a la vez sus poderes y sus limitaciones. Por lo que parece, no debe resultar sencillo: el propio Luke Skywalker, campeón de la Fuerza, fracasó en su prueba en Dagobah. Y otros muchos de estos superhéroes modernos comparten la misma debilidad.

Simplificando su actitud ante los superpoderes, podríamos decir que los héroes de hoy caben en tres categorías que, a su vez, son todo un apunte psicológico: los que anhelan esos poderes, los que los rechazan, los que los aceptan. En este último grupo están los idealistas, que piensan haber recibido algún tipo de don, intentan averiguar por qué y suelen usarlo en favor de los demás porque se sienten llamados a actuar con especial responsabilidad (Peter Parker, Hiro, Micah). Los que anhelan tener superpoderes suelen ser egoístas (los quieren por motivos superficiales, como Ando, o sencillamente malvados, como Sylar). A otros no les hace gracia la habilidad que poseen, pero la aprovechan: son los pragmáticos como Nathan Petrelli, Matt Parkman (Héroes) o el Culebra (Los protegidos). Por último están los amargados por su habilidad, porque no saben cómo manejarla o porque lamentan que les haya tenido que suceder precisamente a ellos (Jessica en Héroes y Sandra en Los protegidos). En el fondo, son distintas actitudes ante un mismo objeto: la misión en esta vida y qué hacer con los talentos recibidos.■■■■■

Mario López de Astea
Aceprensa
09 07 2010
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NOTAS
(1) Peter Coogan. Superhero: The Secret Origin of a Genre. MonkeyBrain Press, 1ª ed., 2006.
(2) Antonio Sánchez-Escalonilla. Guión de aventura y forja del héroe. Ariel Cine, 1ª ed., 2002.

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