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POLÍTICA Y TECNOCRACIA

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POLÍTICA Y TECNOCRACIA

Nueva imagenEn un régimen político tan presidencialista como el chileno, la discusión si fueron los tecnócratas responsables de la derrota de la Concertación, tiene mucho de artificial, porque es el Jefe de Estado el responsable de definir los lineamientos políticos.

Algunas personalidades de la Concertación, entre ellas el ex ministro Vidal, han planteado que la derrota de esa coalición política en la elección presidencial pasada se originó en el excesivo protagonismo de grupos tecnocráticos en los gabinetes de la Presidenta Bachelet. Ellos habrían sido ajenos a las sensibilidades de la población y por esa vía habrían perjudicado las aspiraciones políticas de su conglomerado. Por su parte, los partidos políticos del actual oficialismo también han cuestionado, con matices y énfasis distintos, la configuración excesivamente técnica del actual gabinete y del equipo de gobierno.

En un régimen político tan presidencialista como el nuestro, esta discusión tiene mucho de artificial. La figura central por excelencia es la persona que ocupa la Presidencia, que encarna a la coalición gobernante y es la responsable principal de definir sus lineamientos políticos. En ese proceso hay una natural tensión entre esa figura y los partidos que conforman su base de apoyo. Estos últimos representan, en general, la continuidad, mientras los presidentes, por significativa que sea su labor, están de paso. Los objetivos, pues, pueden diferir. Una forma de conciliar posiciones y articular estrategias de más largo aliento es insertar a los líderes partidistas o sus representantes en el gabinete.

Sin embargo, en un régimen presidencial eso le resta autonomía a quien ocupa la primera magistratura, porque no tiene instrumentos para disciplinar a los partidos que lo apoyan en el Congreso. Hay al respecto una asimetría con los regímenes parlamentarios, en los que la opción de disolver el Parlamento efectivamente disciplina al oficialismo y le brinda al Primer Ministro un grado importante de autonomía, aunque sus ministros son -por diseño del régimen- políticos antes que tecnócratas. Esta asimetría lleva a que un Presidente tienda a nombrar secretarios de Estado cuya lealtad esté más bien con él o ella antes que con los partidos, aun cuando esto produzca algún grado de tensión dentro del oficialismo. Y es razonable pensar que esa lealtad esté asegurada más bien por ministros tecnocráticos antes que políticos. Por cierto, es un problema de grados, y el gabinete ideal probablemente combinará personalidades de ambos rasgos.

Para llevar adelante su gestión, los presidentes y los partidos deben apoyarse en ideas y propuestas específicas, ámbito en el que los tecnócratas tienen una ventaja. Pero eso no significa que las decisiones políticas recaigan sobre ellos: en un régimen como el nuestro, esas decisiones corresponden finalmente a la Presidencia. Cómo se produzca el proceso específico de decisiones es algo que define muy tempranamente quien ocupa ese cargo. Por cierto, dicho proceso puede producir decisiones equivocadas, pero la responsabilidad en ese caso no es tanto de los tecnócratas como de la estructura de decisiones.

En realidad, tras los cuestionamientos a la tecnocracia alientan a menudo frustraciones respecto de la agenda que ha abordado un gobierno o una figura presidencial en un momento determinado. Ellas son propias de la vida política de toda coalición, y las decisiones sobre cuestiones estratégicas, en especial cuando se trata de asuntos de Estado o de gobierno, no necesariamente contentan a todos los integrantes de una combinación partidista.

Derrotada políticamente la Concertación, parece un camino atribuir esa derrota al conjunto de políticas públicas impulsadas o no por la Presidenta Bachelet. Sin embargo, un factor no se condice con tal análisis: éste es contradictorio con la popularidad que ella alcanzó y la confianza que siempre manifestó en su ministro de Hacienda. Siendo así, los cuestionamientos a sus decisiones parecen más bien un esfuerzo por optar por políticas más populistas. Si la Concertación cree que ése es el camino, podría desdeñar la madurez política que connota al electorado.

“El Mercurio”

09/06/2010

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