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ÓRDENES DE PARTIDO

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ÓRDENES DE PARTIDO

Nueva imagen“Es sano para la democracia fortalecer a los partidos, pero es artificial que éstos traten de conseguir mediante la ley la disciplina de sus militantes”.

Ha causado polémica en la Concertación el retiro por el Gobierno del proyecto que planteaba medidas para fortalecer a los partidos políticos e incluía en su articulado el establecimiento de las órdenes de partido para los parlamentarios en ejercicio. La relevancia práctica de esta institución se ha hecho especialmente visible desde la decisión de la junta nacional de la DC de prohibir a sus parlamentarios votar a favor el proyecto de ley de reconstrucción propuesto por el Ejecutivo.

Diversas razones desaconsejan establecer las órdenes de partido en la ley orgánica constitucional respectiva. Históricamente, empleadas ellas sin limitaciones durante los gobiernos radicales, afectaron profundamente la eficacia de los mismos. Y es sano para la democracia fortalecer a los partidos, pero es artificial que éstos traten de conseguir mediante la ley una disciplina de sus militantes que sería esperable de una adhesión surgida de procedimientos internos democráticos y transparentes. Resulta improbable que el modo de evitar a los “parlamentarios díscolos” —objetivo expresamente señalado por varios dirigentes— sea mediante su prohibición legal, en vez de lograrlo con una política más inclusiva y menos cupular. Y extrañan las afirmaciones de que con esta medida el Gobierno daría una muestra de “autoritarismo”, pues la institución que se intenta establecer significa precisamente imponer el autoritarismo de algunas estructuras internas de los partidos. Incluso cabe pensar que el efecto conseguido sería el contrario.

Es natural que dentro de los partidos políticos existan líneas y énfasis distintos, que permitan el dinamismo de la actividad política y su ajuste a la variedad de la ciudadanía. Aspirar a que eso se decida a puertas cerradas, en consejos generales, juntas nacionales u otros, y no en el órgano político por excelencia —el Congreso—, va contra quienes concurren con su voto a elegir parlamentarios, pero no son militantes del partido al que éstos pertenecen.

Además, las órdenes de partido, más allá de objeciones políticas o de doctrina, no son compatibles con un sistema basado en cierta representación regional. En Chile, todos los parlamentarios lo son del país completo, pero su representación está dada en parte por el compromiso regional con los votantes. Eso no es recogido por una planificación política central e incuestionable desde el partido con sede en Santiago, y por ello estas medidas suelen transformarse en un obstáculo a los frecuentes votos transversales o cruzados. Con un esquema centralizado, de poco servirían las cualidades personales de los candidatos, si luego estuviesen obligados a acatar aquello que el partido les ordene.

De hecho, como contrapartida, sería justo establecer una prohibición de que aquel candidato elegido como independiente ingrese posteriormente a algún partido político —como ya es costumbre—, pues eso significa una deslealtad para con sus votantes, que en gran parte le dieron el voto por la libertad que le garantizaba su candidatura independiente.■■■■■

“El Mercurio”

09/06/2010

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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