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CURAS DE LA ESPERANZA

CURAS DE LA ESPERANZA

CURAS DE LA ESPERANZA
junio 09

CURAS DE LA ESPERANZA

Sin título-2“Frente a quienes traicionaron la sagrada investidura pastoral existen miles de hombres que a lo largo del mundo cotidiana y lealmente cumplen su compromiso vocacional”.

La crisis que agobia a la Iglesia Católica ha motivado un gran despliegue informativo que no sólo ha satisfecho el indiscutible derecho a la información, sino que, a menudo, ha servido para proyectar la idea de una degradación generalizada, que amenaza la perdurabilidad del credo católico.

Sin embargo, la realidad indica que el número de sacerdotes comprometidos en estas fechorías, cualquiera fuere el nivel de su ministerio, es proporcionalmente mucho menor que el imputado por las mismas causas a quienes ejercen otros oficios y profesiones. Con todo, los abusos se hacen recaer sobre la Iglesia y sobre todo el clero, lo que es injusto.

Frente a quienes traicionaron la sagrada investidura pastoral existen miles de hombres que a lo largo del mundo cotidiana y lealmente cumplen su compromiso vocacional. Entre ellos están los heroicos sacerdotes de aldea y de poblaciones urbanas precarias, que abnegadamente sirven en la indigencia de poblados y barrios lejanos, con feligreses pobres, carenciados salvo de la esperanza que les puede transmitir el cura, que comparte sus sueños más queridos. Ellos, que sí conocen el rostro de Cristo, no pueden ser confundidos con quienes traicionaron tan vilmente sus propias creencias. Como el cura de la novela de Georges Bernanos, saben que “un hombre pobre sin nada en su vientre necesita la esperanza. La ilusión es más importante que el pan”.■■■■■

Corusco

Día a Día

“El Mercurio”

09/06/2010

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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