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ENFERMOS Y ESPIRITUALIDAD

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Nueva imagen“El tiempo de la enfermedad puede convertirse en el tiempo en una relación más profunda con Dios, un abandono, una liberación, una aceptación de lo que es definitivo”.

La experiencia de la debilidad y del sufrimiento es “un itinerario espiritual humano, pero no sólo, ya que Cristo va al encuentro del hombre enfermo”, declaró el presidente del Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud, monseñor Zygmunt Zimowski.

Intervino en las Jornadas genovesas de cultura cristiana, celebradas en Roma del 26 al 29 de mayo, en el gran complejo hospitalario del Santo Spirito in Sassia y en el policlínico Agostino Gemelli.

Las Jornadas tenían como tema Yo soy Yahve, el que te sana (Ex 15,26). Enfermedad versus religión entre antigüedad y modernidad.

Monseñor Zimowski explicó que “la enfermedad es más que un hecho clínico que se puede identificar médicamente”.

“Quien sufre está sujeto fácilmente a sentimientos de temor, dependencia y desaliento”, afirmó, y “a causa de la enfermedad y el sufrimiento, su confianza en la vida, pero también su fe en Dios y en su amor de Padre son sometidas a una dura prueba”.

Tras explicar la relación entre la enfermedad y el pecado personal presente en la Biblia, monseñor Zimowski puso en evidencia un punto específico de la enseñanza y de la práctica mesiánica de Jesús.

“Cuando Jesús cura a un leproso o proclama la parábola del buen samaritano, demuestra compasión por los que sufren, pero hay todavía más: su gesto anuncia la nueva vida del reino, la curación total y permanente de la persona humana en todas sus dimensiones y relaciones”, dijo.

“Quien está curado puede caer enfermo de nuevo —añadió—; Lázaro, vuelto a la vida, todavía morirá. Pero queda la certeza definitiva de la victoria sobre la muerte y sobre la enfermedad”.

“Esto no quiere decir que la enfermedad y la muerte deban desaparecer del mundo, sino que la fuerza divina que las vencerá en el eschaton ya se ha manifestado en el tiempo presente”, destacó.

“La curación de los enfermos constituye un elemento del mandato que Cristo, tras su resurrección, confía a sus discípulos, ordenándoles ir a predicar el Evangelio por todo el mundo”, recordó.

Por tanto, representa “el mandato de Jesús a su Iglesia, pero con perspectivas que van más allá de los aspectos físicos de la enfermedad: la curación es conversión”.

El representante de la Santa Sede trazó después los límites del itinerario espiritual del enfermo cristiano.

“La enfermedad no es objeto de una libre elección” y luchar contra sus causas y consecuencias, y adaptar la vida espiritual a lo que parece inevitable, deben ser las características de la actitud que hay que tener ante ella”.

“El primer deber del enfermo es, por tanto, buscar curarse, aceptando la propia situación de vida —añadió—. Así se santifica cumpliendo la voluntad de Dios”.

Pero la enfermedad es al mismo tiempo “necesaria y urgente para realizar un viaje interior” que “obliga a afrontar los propios miedos, a tomar conciencia y a buscar recomponer la propia unidad interior: sólo entonces será posible la curación”.

“El sufrimiento no contradice el amor de Dios, pero revela sus misterios profundos: se trata de una situación providencial que descifrar, permitiendo también al enfermo purificar su propio conocimiento de Dios, y poder decir como Job: ‘Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos’ (Jb 42,5)”.

“Desde una perspectiva cristiana, el sufrimiento tiene por tanto en sí un poder de santificación: para ser más precisos, no el sufrimiento que, como tal, es un mal, sino el sufrimiento y el don de sí al mismo tiempo”.

Junto a la distintas perspectivas que se ofrecen al enfermo, “el cristianismo habla de la solidaridad de la cruz, donde Dios se da a conocer bajo los rasgos de quien ha sufrido por amor, un hombre que ha participado en el destino del hombre y lo comparte”.

“Así, aprender a sufrir desde una perspectiva cristiana significa elevar el propio dolor al compartirlo con Dios, más que rebajarlo bajo una cruz falsamente y solamente comprendida como un yugo de la existencia cristiana”, añadió.

Y cuando aparece la desesperación y las palabras parecen “vacías”, “reconociendo las ‘manos de Dios’ en la presencia y el gesto de un profesional o de un agente pastoral” “Dios puede ser nuevamente reconocido y amado”.

“El tiempo de la enfermedad puede así convertirse en el tiempo de una relación más profunda con Dios, un abandono, una liberación, una aceptación de lo que es definitivo”, prosiguió monseñor Zimowski.

Pero “llegar a superar la propia enfermedad” no representa más que una parte de la acción purificadora cristiana”, explicó.

Y ello, porque “si nos detenemos ahí, con una interpretación así de la curación, no se reconocería más que la curación de la enfermedad, casi se podría decir que Dios no acepta más que a personas de buena salud”.

Mientras que al contrario, precisó, “volver a encontrar la salud desde una perspectiva cristiana no es obtener la curación del propio cuerpo, aun cuando ésta, repetimos, entra en los objetivos de la terapia cristiana. Es ser capaz de reconquistar ‘la fuerza de ser un hombre o una mujer’, o dicho de otra manera, la fuerza de afrontar y manejar la situación de la propia vida, amenazada por el sufrimiento, la invalidez, la muerte”.

“De esta manera -concluyó monseñor Zimowski-, tras un doloroso trabajo de madurez espiritual, el enfermo podrá sentir el consuelo de la acción de Dios, el consuelo prometido por Jesús: ‘Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso’ (Mt 11,28)”.■■■■■

Zenit

Roma

03/06/2010

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