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DATA SANTIAGUINA

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Sin título-1Se discute si se han hecho obras destacadas con motivo del Bicentenario de la primera Junta de Gobierno. Hay que agregar una que se deja en tercer plano: El Transantiago.

A propósito del Bicentenario de la primera Junta de Gobierno que encabezó don Mateo se ha suscitado una polémica de si se han hecho o no obras para conmemorar ese acontecimiento.

Hay que recordar, para ser transparentes, que historiadores muy respetados sostienen que a Chile le habría ido mejor adhiriendo a la Corona española, que por lo demás lo hizo esa primera Junta criolla, que independizándose el país, como lo proclamaron en 1818 los padres de la patria. Pero, esa discusión pertenece a la ficción y no vale la pena avivarla, salvo para que debatan los que estudian el pasado, los que por lo demás lo hacen con una pasión similar a cómo lo harán los aficionados al mundial de Sudáfrica.

Volvamos a la actualidad, el hecho es que a pesar de las afirmaciones de don Ricardo Lagos   de que se ha hecho mucho en proyectos para celebrar estos doscientos años, en la práctica es bien poco. Salvo que a la lista incorporemos supermercados, centros comerciales, cadenas de farmacias o nuevos cementerios…

Lo que no considera un aporte a esta fecha el ex mandatario es el Transantiago, obra que no es menor y que responde al ADN nacional. Porque el nuevo transporte público continúa siendo un dolor de cabeza por su mal servicio, su alza de tarifas y su monstruoso déficit y de paso castiga en su popularidad la encuesta Adimark, al ministro de Transportes Felipe Morandé, quien infructuosamente reclama que es una “herencia envenenada” que le dejaron los anteriores inquilinos del gobierno.

La Teresa Torres —debe ser citada como lo fue doña Juanita—, asegura que todavía falta lo peor. Porque en los días de lluvias torrenciales en que la ciudad se anega, el agua entra en los buses oruga que son muy bajos, entonces viaja desde San Bernardo con el agua en los tobillos.

A ese panorama se suma un aspecto no menor, porque ayer jueves y hoy viernes 28 de mayo de 2010, al transitar por Vitacura los vecinos admiraron caravanas de buses, como si fuese  un convoy ferroviario (¡Ah! EFE, otra obra Bicentenario que no debe dejarse de anotar en los listados nacionales), semi vacío, avanzando con lentitud rumbo a la rotonda Pérez Zujovic. El taco era hermoso bajo la tenue lluvia y el sol otoñal que luchaba por mirar el espectáculo.

La hilera de buses recordaba a las micros amarillas en igual procesión y eso que el nuevo sistema se aseguró no caería en  la mala costumbre de permitir la circulación de buses en masa, sino que racionalizaría sus servicios.

A ello se debe añadir otro detalle asombroso por su exactitud, porque al atardecer jamás falta a la cita diaria, un bus en pana en Américo Vespucio norte, al llegar a la calle Francisco de Aguirre, lo que también viene en contradecir aquello de la renovación de material. ¡Son las mismas amarillas que han vuelto teñidas de otro color!.

En el listado de obras por el Bicentenario hay que incorporar este notable aporte del Transantiago, prueba de que con doscientos años a cuesta, si nos esmeramos, somos capaces de hacer las cosas tremendamente mal, a pesar de voces altisonantes, despectivas y orgullosas.■■■■■

Estilete

Temas.cl

28/05/2010

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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