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MINORÍA CREATIVA, MASA Y COMUNIDAD

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mayo 26

MINORÍA CREATIVA, MASA Y COMUNIDAD

Nueva imagen“Las instituciones insustituibles socialmente valiosas convierten al individuo en persona a través de su participación —su vínculo— con otros. Una forma poética  de constatar la importancia de la vinculación nos la ofrece ‘El Principito’ de Saint Exupery”.

La cultura de la desvinculación produce una sociedad desintegrada porque disuelve los vínculos interpersonales y los que existen entre las instituciones insustituibles socialmente valiosas, que son las que articulan a la sociedad civil. Se trata del matrimonio, la paternidad y maternidad, el parentesco, por un lado; la empresa, la escuela y la universidad, por otro; las confesiones religiosas y finalmente las asociaciones, especialmente aquellas que no buscan sólo el beneficio propio. El resultado de la desvinculación degrada a la sociedad y la convierte en una masa, un conjunto de individualidades unidas ocasionalmente por vínculos temporales o fugaces; una manifestación, la asistencia a un partido de fútbol, donde la individualidad se vuelve gregaria.

Las instituciones insustituibles socialmente valiosas convierten al individuo en persona a través de su participación —su vínculo— con otros. En las comunidades de memoria, vida, trabajo y proyecto. Una forma poética y a la vez precisa de constatar la importancia de la vinculación nos la ofrece “El Principito” de Saint Exupery. Nuestro protagonista al final descubre que su rosa, en apariencia igual a la demás, es distinta, tiene una importancia decisiva para él porque la ha cuidado, se ha ocupado de ella. Esto es el vínculo.

Todo esto hoy está muy deteriorado, en buena parte destruido, y sólo una minoría creativa que no haya perdido el sentido del vínculo puede probar a reconstruirlo. Los cristianos, y especialmente los católicos, como nos dice Benedicto XVI, pueden, son, una parte determinante de esta minoría (sobretodo, aquellos que son capaces de responder satisfactoriamente a la pregunta de Balthasar de ¿Qué es un cristiano?).

Pero, para realizar esta tarea es necesario que asuma que su carácter minoritario no surge del declive, de la minorización, sino de la condición de creatividad. Estos cristianos han de reunir unas condiciones básicas apuntadas por Benedicto XVI, como son el estar comprometidos con su comunidad, la coherencia con la fe profesada, el rigor moral, la calidad en su profesión y el celo en el servicio al bien común.

Reconstruir lo destruido significa centrar la acción en rehacer y fomentar la comunidad, las comunidades en sus distintas expresiones, las de vida, como la familia; las de proyecto, como la escuela, la universidad; las de trabajo, como la empresa y el mundo económico en general; las de proyecto como el barrio, la ciudad, el propio país. Para conseguirlo necesita utilizar los recursos culturales de todas las épocas, y esto es lo contrario del adanismo que vivimos ahora y el confundir el progreso con el último descubrimiento prescindiendo de toda otra exigencia. Significa actuar y pensar en el marco de referencia de la propia tradición cultural revitalizándola, lo que exige la conexión fructífera con nuestras fuentes culturales, nuestras raíces.

Esta acción es a la vez personal, trata sobre lo que a mí y a los míos nos afecta, y lógicamente comunitaria, es decir también política, entendida en un sentido amplio. Un sentido en el que la política es concebida como la expresión de la caridad social (esto es, el amor).  Esta orientación se concreta en unos conceptos que guían la acción, como son, por una parte, la verdad, la libertad, entendida como la posibilidad de elegir entre opciones buenas, y la justicia. Se orienta por el principio de subsidiariedad por el bien común, la participación, la solidaridad y el destino universal de los bienes. La capacidad de la minoría creativa de traducir todo esto en proyectos de vida y de naturaleza colectiva radica en la difícil posibilidad de reconstruir lo ahora perdido, de rehacer la comunidad y limitar los males del individualismo emotivista, el gregarismo y el desorden que genera toda masa humana. ■■■■■

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del

Consejo Pontificio para los Laicos

Forum Libertas

26/05/2010

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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