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EL FUNDADOR DEL SIONISMO

EL FUNDADOR DEL SIONISMO

EL FUNDADOR DEL SIONISMO

EL FUNDADOR DEL SIONISMO

Sin título-1Israel celebra el ciento cincuenta aniversario del nacimiento del periodista y jurista Theodor Herzl, fundador del sionismo y considerado como el padre del Estado de Israel.

Theodor Herzl nació en Budapest el 2 de mayo de 1860, aunque su familia se trasladó a Viena cuando él cumplió los dieciocho años. Allí cursaría los estudios de Derecho.

Podría decirse que mejoró su estatus social, pues los judíos de Viena representaban una clase urbana y cosmopolita, muy diferente de los de Budapest, cuya existencia seguía pareciéndose a la de la vida en un gueto, aunque las leyes discriminatorias se habían suavizado con el paso del tiempo. Sin embargo, tampoco la atmósfera de Viena se libraría de los vientos antisemitas, representados, sobre todo, por Karl Lueger, alcalde de la capital austriaca entre 1897 y 1910.

UN ESTADO PARA UN PUEBLO

Esta situación influyó, sin duda, en la fundación del sionismo, un movimiento político nacionalista que pretendía conseguir un Estado para los judíos en una época en que el antisemitismo cobraba fuertes impulsos en Europa Central y Oriental, lo que favorecía la inmigración judía a EE.UU. El sionismo pretendía encontrar una solución definitiva a la secular diáspora judía. Pero al mismo tiempo su carácter laico dejaba a un lado las tradicionales expectativas hebreas en un Mesías personal, pues el sionismo respondía a las esencias de los nacionalismos triunfantes en la Europa del siglo XIX.

Herzl no creía en las virtudes de la asimilación y estaba convencido de que a los judíos no les dejarían vivir en paz

En consecuencia, no admitía matices ni peculiaridades locales, no quería distinguir entre un sofisticado judío de Berlín y otro de Yemen, al considerarlos a todos como un único pueblo que debería tener derecho a su Estado, conforme al principio de las nacionalidades. No era, por tanto, un judaísmo religioso, que era el que había predicado hasta entonces el retorno a Sión, sino que afirmaba que los rabinos debían estar recluidos en sus sinagogas, del mismo modo que los militares en los cuarteles.

SIONISMO LAICO Y PARTIDOS RELIGIOSOS

Muchos judíos religiosos pueden reconocer el mérito de Herzl como fundador de un Estado hebreo moderno, pero el argumento de que es una defensa contra el antisemitismo les parece insuficiente. Su apego a la literalidad bíblica les lleva a aceptar como única razón la llamada de Dios a Abrahán para que saliera de su tierra y se estableciera en Palestina. La Tierra Sagrada de Israel ha sido destinada para el pueblo judío desde el comienzo de los tiempos. Si el secreto de la supervivencia del pueblo judío en casi dos mil años había sido la religión, no se podía edificar un orden político y social al margen de ella, o su reducción a fenómeno puramente cultural.

Para el gobierno de Netanyahu, Theodor Herzl es comparable a los antiguos profetas de Israel, el nuevo Moisés que abrió el camino

La conexión entre judaísmo y tierra explica el ascenso electoral de los partidos religiosos a partir de 1967, tras la ocupación israelí de Gaza y Cisjordania. Se mezclan aquí la cuestión de los asentamientos de los colonos con el propósito de conseguir que Israel sea una nación basada en su religión. El sistema electoral proporcional ha hecho lo demás: los derechistas del Likud y los propios laboristas han necesitado el apoyo de los partidos religiosos, lo que ha acentuado las contradicciones en la política y sociedad israelí.

LA PROPUESTA DE HERZL

Por otra parte, Herzl, corresponsal en París del diario liberal vienés Neue Freie Presse, vivió en la capital francesa la agitación social y política ligada al caso del capitán Alfred Dreyfus, judío, acusado injustamente de ser un espía alemán. Aquel brote colectivo de antisemitismo en la cuna de la Revolución Francesa llevó al periodista a publicar El Estado de los judíos (1896), donde preconizaba la emigración judía a un territorio sobre el que se asentaría un Estado propio.

Sin embargo no era un Estado exclusivo, porque Herzl era consciente de que no todos los judíos querrían establecerse en él. En cualquier caso, debía cumplir el papel de Estado protector, dado que el teórico del sionismo albergaba la premonición de que una gran catástrofe se cernía sobre el pueblo judío. No creía en las virtudes de la asimilación y estaba convencido de que, pasadas dos generaciones, a los judíos no les dejarían vivir en paz. Y aseguraba que la tragedia no sucedería en el este de Europa sino en la mismísima parte occidental del continente. De ahí la urgencia de los últimos ocho años de la vida de Herzl, que murió en 1904 víctima de una insuficiencia cardiaca, por organizar el movimiento sionista en su objetivo de alcanzar un Estado soberano para los judíos.

Herzl organizó el primer congreso internacional sionista en Basilea (1897) y a continuación visitó al sultán otomano y al kaiser Guillermo II en busca de apoyos para su proyecto. Ante lo infructuoso de estos contactos, el fundador del sionismo se volvió hacia Gran Bretaña, que estaba ofreciendo la posibilidad de que los judíos perseguidos en la Rusia zarista encontraran refugio temporal en Uganda. Tal fue la propuesta de Herzl al sexto congreso sionista de 1903, si bien dejando claro que el objetivo final de los sionistas era el retorno a Palestina, un objetivo que se haría realidad con la creación del Estado judío medio siglo después.

LA IMAGEN DETERIORADA DEL SIONISMO

El enfoque de la futura Sión no descuidaba los detalles específicos: constitución, lengua, legislación, bandera, ejército… pero lo que no preveía con claridad era en qué lugar del mundo se asentaría. Su autor pensaba en las vastas llanuras de Argentina, dada la existencia de un ofrecimiento del gobierno de aquel país, mas no podía en absoluto descartar Palestina, la tierra de origen, entonces perteneciente al Imperio otomano. De hecho, afirmaba en su libro que si el sultán les entregaba Palestina, los judíos pondrían en orden las deficitarias finanzas turcas. Llegó incluso a asegurar que una Palestina judía sería “una muralla contra Asia”, “una vanguardia de la civilización contra la barbarie”.

Sus palabras tenían algo de profético porque, con el paso de los años, muchos árabes considerarían al Estado de Israel como una nueva versión del colonialismo occidental. Pero Herzl tendría hoy dificultades para ver a Israel como una avanzada de Europa en Oriente Medio, pues en el Estado hebreo se consolida la percepción de que los europeos apoyan, sobre todo, a los palestinos.

Y no es sólo que las opiniones públicas consideren que esa es la opción progresista, pues Israel siempre mirará con lupa cualquier declaración de los representantes de las instituciones europeas, si recordamos las pasadas críticas de la Alta Representante de la PESC, Catherine Ashton, a la intervención militar en Gaza. Con todo, ha sentado peor en Israel que, en el pasado marzo, el presidente brasileño, Lula da Silva, se negara a visitar la tumba de Theodor Herzl, con vagas excusas protocolares, y aunque algunos de sus portavoces dijeran que era una cuestión de neutralidad, no podía entenderse que a continuación visita la tumba de Arafat en Ramala.

Para el gobierno de Netanyahu, Theodor Herzl es comparable a los antiguos profetas de Israel, el nuevo Moisés que abrió el camino, pero como su predecesor, tampoco pudo entrar en la Tierra Prometida, aunque hoy está enterrado en Jerusalén. Quizás su visión fuera utópica, mas habría hecho posible el renacimiento de un Estado judío. Pero a estas alturas, la imagen del sionismo está deteriorada, tanto o más que en 1975, cuando la Asamblea General de la ONU aprobó una resolución que lo equiparaba a una nueva forma de racismo, aunque en 1991 sería revocada.

La dramática evolución del conflicto palestino-israelí asocia, sin embargo, al sionismo con la agresión militar y la ocupación, según ha reconocido la propia Organización Sionista Mundial (The Jerusalem Post, 22-04-2010), pese a que, según este organismo, las ideas de Herzl apuntaban a constituir una sociedad ideal en la que convivirían judíos y no judíos.

DEL SIONISMO AL LABORISMO

En efecto, se ha reprochado al autor de El Estado de los judíos que en esta obra no aparezca la población árabe preexistente en Palestina. No podía desconocer esa realidad, pues había viajado a ese territorio. Con todo, uno de los principales estudiosos de Herzl, Shlomo Avineri, destaca la importancia de su novela utópica, La tierra vieja y nueva (1902), para profundizar en las ideas del líder sionista. No deja de sorprender que uno de sus capítulos narre la celebración de una Pascua judía, a la que asisten como invitados un fraile franciscano y un pope ortodoxo. Más asombrosa es la descripción del templo de Jerusalén, que ha sido reconstruido por los judíos recién llegados, que está unido al Santo Sepulcro y a las mezquitas musulmanas.

Llama también la atención en otro capítulo la campaña electoral, en un futuro1923, en el Estado de Israel, un lugar en el que se reconoce el sufragio femenino y en el que todos sus habitantes, con independencia de su raza y religión, disfrutan de los mismos derechos. Lo más llamativo es que uno de los protagonistas sea un ingeniero árabe de Gaza, Rachid Bey, que ocupa un cargo en la administración estatal. Herzl lo presenta como alguien que ha sabido entender las ventajas económicas y tecnológicas que ha traído a Palestina la llegada de los judíos.

El villano de la trama es, sin embargo, el fundador de un partido racista judío que lleva la denominación de Geier, que en alemán significa “buitre”, y que estaría inspirado en el antisemita alcalde de Viena, Karl Lueger. Los argumentos del partido son muy simples: en el Estado judío únicamente los judíos tienen derecho de ciudadanía; los demás habitantes sólo son residentes tolerados, pero no gozan de idénticos derechos. Esto demostraría, según Avineri, que Herzl era consciente de la existencia de un racismo judío, pero en la futura Sión sería derrotado en las elecciones por los principios liberales e igualitarios. Todo un contraste con una Europa en la que el racismo se presentaba como victorioso. Desgraciadamente, la temprana muerte de Herzl le habría impedido profundizar en la existencia de este peligro.

En cambio, en años posteriores se difundirían las ideas de un sionismo revisionista, el de Zeev Jabotinsky (1880-1940). En él se acentuaban los contrastes entre el nacionalismo y la democracia liberal, dada su inquietud por la seguridad de su pueblo, sobre todo en los años en que el antisemitismo se transmitía desde Alemania al resto de Europa.

Por el contrario, Herzl estaría más próximo a un enfoque socialista y multiculturalista —antes de la invención del término—, aunque fue, sobre todo, el creador del sionismo político, que quedaría eclipsado por el laborismo, a partir de la década de 1930 con figuras tan trascendentales en la fundación del Estado como David Ben Gurion y Golda Meir. A diferencia de Herzl, los laboristas no creían en la buena voluntad de las grandes potencias de establecer un Estado para los judíos. Por el contrario, habría de ser la clase trabajadora judía establecida en Palestina la que construiría ese Estado y uno de los instrumentos sería el kibbutz, comunidad colectiva de trabajadores agrícolas.

LA FUERZA DEL NACIONALISMO ÁRABE

El fundador del sionismo pensaba, en cambio, que el campesino era una clase en vías de desaparición en la sociedad industrial. Mas la progresiva inmigración judía a Palestina hacía muy arriesgado el establecimiento de granjas individuales, y por razones de seguridad, en medio de una población árabe hostil, habría que constituir granjas colectivas. De ahí  la aparición del primer kibbutz en 1909, aunque este tipo de granjas alcanzaría una mayor expansión en los años del mandato británico sobre el territorio.

Pese a todo, las ideas originales del sionismo no se han correspondido con las realidades sobre el terreno. Israel no es, desde luego, un Estado teocrático, pero la teoría no ha tenido en cuenta la fuerza de otro nacionalismo, el árabe y palestino, y menos aún la de un islamismo que considera sagrado e indivisible el mismo territorio. A finales del siglo XIX el nacionalismo árabe no había despuntado como movimiento político. Lo haría poco tiempo después, con la rebelión de los árabes contra el Imperio otomano, seguida de otras rebeliones contra los colonialistas británicos y franceses.

En cualquier caso, la utopía sionista está imbuida de racionalismo, de fascinación por el progreso ante cuyas ventajas todos se rinden. No toma, sin embargo, en consideración la fuerza de las emociones que es capaz de llevar al odio y al derramamiento de sangre.■■■■■

Antonio R. Rubio

Aceprensa

03/05/2010

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