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CHILE ADOLESCENTE

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Nueva imagen“Año del bicentenario. Más bien año del terremoto de 2010. Año en que Chile adolescente se pone ya los pantalones largos…”, escribe Lillian Calm.

¿Qué son 200 años? Nada, absolutamente nada, si pensamos en la historia de la humanidad. Si recorremos las civilizaciones de los antiguos y de los no tan antiguos, llámense egipcios o persas o griegos o romanos. Más de 2.000 años de cristianismo, ¿qué son al lado de apenas 200 años?

Chile pensaba ponerse de largo porque consideraba que dos siglos eran mucho tiempo… como ese joven que iba a cumplir los 21 y programaba el festejo en grande. Pero los castillos de naipes se deshacen, a veces. O más bien muchas veces.

Aquí había hasta un presupuesto especialmente asignado, pero éste al parecer, y según leemos en la prensa, desapareció incluso ya antes del terremoto.

Nos llenábamos la boca con el “Año del Bicentenario” (así, con mayúsculas) y evocábamos la pompa del lejano pero a la vez tan cercano centenario. ¿Pero qué eran también esos cien años de 1910 comparados con esas raíces milenarias que subyacen en otros continentes? ¿O, sin ir más lejos, con el ejército de terracota chino que está desde hace unos meses y en pie de guerra debajo de La Moneda?

Mucho tendrá que quedar de lado. Quizás parques y monumentos y celebraciones y tanto más. Croquis y maquetas con proyectos casi de ensueño, de esos que sólo conciben países desarrollados, tal vez deban guardarse ahora en un cajón. Duro sobre todo para un adolescente que se cree jaguar, pero como hay que aprender a sacar bien incluso del mal, ¿no será ésta, a la larga, muy a la larga, una oportunidad para que el joven madure de una vez por todas?

Chile es sólido y no requiere de festividades ni de inauguraciones superfluas para salir adelante. Su pueblo hasta ahora ha sido patriota sin patrioterismos. Necesita, sí,  reconstruirse en unidad nacional. Harto difícil, porque no tenemos genes que nos acompañen del todo en esta tarea y cuando pareciera que esa unidad ya está por alcanzarse, de inmediato alguien provoca —baste una declaración para el bronce— la cíclica desunión.

Sin embargo, querámoslo o no, permitámoslo o no, ése es el desafío que hoy tenemos por delante.

Y a lo mejor, y a más propiedad (no es que lo esté proponiendo, pero todo puede ser en esta vida), podríamos celebrar esta fiesta del bicentenario que se nos escapa recién en 2018, cuando se cumplan propiamente los 200 años de la independencia de Chile y no, apenas, la iniciación de un proceso al que le faltaban ocho años para culminar.

A lo mejor don Mateo —me refiero a De Toro y Zambrano, por supuesto, de quien dicen los historiadores que se caracterizaba por su sentido del deber— piensa que nos estamos adelantando y que por ahora nuestra tarea es una sola: la reconstrucción de Chile.

No veo a esos señores  —a él y a quienes lo acompañaron en 1810— festejando antes de tiempo lo que apenas se dibujaba como un primer logro. Los veo, sí, trabajando duro.

¿Para qué el glamour de una celebración a lo grande si primero todos los chilenos deben tener no sólo techos sino casas dignas?

Algo pasa con nuestra historia. Se nos derrumban sus vestigios y duele el alma. Pero los que nunca se van a desmoronar son nuestros héroes, que han sido protagonistas de epopeyas que ya se las quisieran pueblos milenarios. Hay quienes ironizan porque dicen que nosotros celebramos hasta las derrotas. Y es que a veces las que parecen derrotas encierran más gloria que muchas victorias.

Un ejemplo es el de la juventud chilena. Ya son mayoría los que de un momento a otro dejaron de pensar sólo en madrugar para partir a la disco hasta el amanecer, con la consiguiente zozobra de sus padres. Fueron remecidos y hoy se unen generosamente a la reconstrucción. Son los hombres del mañana, de 2018 y de las décadas que vendrán.

Año del bicentenario. Más bien año del terremoto de 2010. Año en que Chile adolescente se pone ya los pantalones largos y demuestra, más que al exterior a nosotros mismos, que podemos ser uno solo, que la fuerza une y que una vez más lograremos levantar este país que tantas inclemencias y alegrías, siempre nos depara.■■■■■

Lillian Calm

Temas.cl

31/03/2010

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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