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EL BUQUE SIGUE NAVEGANDO

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Nueva imagenEscribe la periodista Lillian Calm, sobre la seguridad de las antiguas construcciones y cómo desde el aeropuerto a los modernos edificios se desmoronaron con el sismo del 27 de febrero.

“¿Por qué se desmoronó el moderno aeropuerto, y a la construcción donde vivo, que tiene un poco más de setenta años de antigüedad, no se le movió un pelo?”

La pregunta, que encierra toda una crítica y todo un homenaje, se la hace el escritor Jorge Edwards en su columna semanal del diario “La Segunda”. Habla de su departamento frente al cerro Santa Lucía y, aunque sin nombrarlos, de los arquitectos de ese edificio, a quienes define como “personas de curiosidad intelectual, de interés real por la cultura, de gusto artístico innato, pero, además, bien cultivado, de dotes naturales trabajadas…”.

Yo ahora aporto los nombres de esos arquitectos: son Sergio Larraín García-Moreno y Jorge Arteaga, quienes diseñaron el famoso “Buque” (no hay que hacerle caso a algunos innovadores que hablan del Barco) situado en Santa Lucía esquina Merced y que suele aparecer en diarios y revistas. Concibieron esta modernidad para los ya lejanos años treinta, que ha sido clasificada como “Stream Line”, variación del Art Deco, con terrazas de barandas tubulares, ventanas como ojos de buey y una curva que conforma su silueta: ningún departamento es igual al otro, dada esa curvatura. Todos tienen dimensiones diferentes, pero los techos son invariablemente altos.

No es que yo sepa mucho de arquitectura. Lo que pasa es que sólo sé del Buque, pues, cuando nací, de la clínica me trajeron directamente a este transatlántico y no me he movido jamás. En otras palabras, el laureado novelista y cuentista Jorge Edwards (y a mi juicio insuperable cronista), es vecino mío y ese sábado 27 nos encontramos cerca del mediodía más o menos en el cuarto piso (él vive en el quinto y yo en el octavo) haciendo una pausa para seguir subiendo la escalera a pie… porque lo único que pasó en el edificio con el terremoto, además de problemas de estuco, fue que deliberadamente y por precaución suspendieron el uso de los ascensores hasta que fueran supervisados por un técnico.

¿De qué conversamos con Jorge Edwards en el descanso del cuarto piso? No sin cierto orgullo de la solidez del edificio, y eso que aún no sabíamos que iba a quedar la tendalada incluso en algunos recién inaugurados del barrio alto y de esos caros-caros. Yo estaba muy tranquila, pues después del terremoto de 1985 el ingeniero Eduardo Boetsch examinó el departamento. Emparentado con los Larraín García-Moreno golpeaba con los nudos de la mano las paredes y junto con diagnosticar la ausencia de daños estructurales, me explicaba que el edificio sólo podía caer si caía todo Santiago. ¡Y además vivimos sobre un suelo especialmente rocoso, aledaño al Santa Lucía!

Pero esto del suelo no quita que edificios cercanos sufrieran más que pormenores. No los antiguos, por supuesto, que son verdaderos robles, sino los nuevos, de esos con nombres de inmobiliarias que se desvelan por la presencia de sus departamentos piloto… a pesar de que sus altísimas estructuras, con incontables pisos y más pisos, por más que las amononen siguen pareciendo colmenas soviéticas. Me aseguraron, por ejemplo, que la piscina del último piso de uno bastante cercano inundó los departamentos de los pisos superiores.  Y, por supuesto, adentro se les cayó muchísimo.

Por lo que cuenta Jorge Edwards en su columna a él sólo se le desplazaron unas piezas de madera, pero los libros quedaron intactos. Los libros también quedaron intactos en mi departamento del octavo piso, pero cayeron una lámpara y un florero antiguos (que en estos momentos ya están restaurándose), y dos televisores que se fueron de bruces, pero como eran del siglo pasado sólo fue cosa de levantarlos para que hablaran nuevamente (una pena, porque habría sido la oportunidad de cambiarlos por algo que no sé muy bien en qué consiste pero a lo que la gente les llama plasmas).

Todo esto nos debería llevar a filosofar un poquito. No es que en nuestros tiempos no existan los Sergio Larraín García-Moreno. Aunque era bastante único, pienso que los hay y muy talentosos. Lo que pasa es que muchas inmobiliarias (por supuesto hay excepciones) están construyendo a granel e invirtiendo con cuentagotas, y para ello requieren de un solo arquitecto que les hace un mono para todos sus proyectos. Es el molde único y así prorratean, porque por los resultados muchas (no todas, reiteramos) al parecer buscan sólo abaratar costos.

Vuelvo a reproducir la interrogante que plantea Jorge Edwards: “¿Por qué se desmoronó el moderno aeropuerto, y a la construcción donde vivo, que tiene un poco más de setenta años de antigüedad, no se le movió un pelo?”.

El problema no está en que no exista una respuesta. El problema está en que todos tenemos la respuesta.■■■■■

Lillian Calm

Temas.cl

23/03/2010

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