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¿ZONA DE CATASTROFE IRREPARABLE?

¿ZONA DE CATASTROFE IRREPARABLE?

¿ZONA DE CATASTROFE IRREPARABLE?

¿ZONA DE CATASTROFE IRREPARABLE?

Nueva imagenManuel Valdés, presidente de Coresol, envía esta “Carta abierta a Maestras y Maestros”.

Mientras las autoridades habilitan con prontitud y esmero los establecimientos en que impartirán sus clases, pretendo colaborar enviándoles este mensaje de estímulo y apoyo que anhelo sirva en momentos tan aflictivos. Espero que hayan salvado sin desgracias mayores sus hogares, familia y pertenencias.

El semi cataclismo que nos ha visitado reveló fallas estructurales detectables que debemos tener en cuenta en la etapa de reconstruir. Lo estamos haciendo. El otro, me refiero al terremoto que dejó al desnudo nuestra deplorable cultura y vacío moral en vastas zonas pareciera más estremecedor e irreparable. A menos que con ustedes les ayudemos a ejercer aquel rol perdido y en el debido sitial que por décadas hemos descuidado. No es fácil reencauzar un torrente que hemos tolerado fluir con soberbia y egoísmo. Hemos deslizado e insistido que requerimos individuos autovalentes, provistos de astucia y defensores de sus derechos humanos y supremos que, sin respeto a nada ni a nadie, postergan sus obligaciones básicas con su persona, su familia y su comunidad. Disculpen. Cambio de folio. Requerimos, ante todo, que ayuden y guíen a sus alumnos a ser personas buenas, razonables y hábiles, capaces de amar, aprender y tomar decisiones correctas. Si ello pasa por reanimar a la familia tradicional, comencemos por quienes tienen más cerca, los niños. Compartan con ellos las huellas y reflexiones que nos ha brindado con feroz realismo, el bandidaje desatado en lugares sin capacidad de ofrecer seguridad a habitantes o cuidadores despavoridos. Al mismo tiempo, destaquen la heroica labor de uniformados, bomberos, cruz roja y seres que, arriesgando sus vidas, demostraron que disciplina y amor son valores compatibles e inseparables. Y que conforman la esencia de vivir en paz consigo y con el prójimo. Ahora y siempre.

No esperen queridas maestras y maestros, que repongan los muros, techos y vidrios de sus escuelas para reiniciar contacto con alumnos y alumnas ansiosas de reencontrar la luz en su futuro. Convoquen a los que puedan, envíen mensaje con éstos a los demás y cítenlos, cuando el clima lo permita, a compartir en día y hora prefijados por ustedes, los lugares que demuestran el efecto de la solidaridad y el amor. Pero también aquellos que exhiben la necesidad de aplicar disciplina para la seguridad pública, tarea indelegable de gobierno. Ejercida por quienes están preparados para implementarla y preservarla. Si no están listos los establecimientos, soliciten locales de reunión en cuarteles de bomberos, gimnasios, clubes o espacio apto que permita intercambiar experiencias de solidaridad, amistad, conciencia cívica y tradición cristiana, más allá de dos siglos y del frágil espacio que Dios nos conceda para vivir en paz y armonía.

Si con ello despiertan iniciativas concretas, excelente. Pero alerta. Cuiden no desviar ni ocultar alma y sentido de un rol insustituible. Amor y disciplina. Una luminosa misión formadora.■■■■■

Manuel Valdés

Presidente de CORESOL

18/03/2010

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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