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PIÑERA DEBE CUIDAR A PIÑERA

PIÑERA DEBE CUIDAR A PIÑERA

PIÑERA DEBE CUIDAR A PIÑERA

PIÑERA DEBE CUIDAR A PIÑERA

Nueva imagenEscribe Lillian Calm: “La híper-actividad me produce un cierto escalofrío. No creo que sea sana, sino que lleva a que el trato interpersonal se resienta y se termine en el infaltable, aunque siempre evitable, stress”..

Sé decir una sola palabra en checo y es robot. Significa trabajo. Me cargan los robots —que no le ponen el alma a lo que hacen—, tanto como me carga la flojera. Piñera está en el otro extremo de los robots y para qué decir de los flojos, pero no puedo negar también que la híper-actividad me produce un cierto escalofrío. No creo que sea sana, sino que lleva a que el trato interpersonal se resienta y se termine en el infaltable, aunque siempre evitable, stress.

¿A qué viene toda esta monserga? A que me inquieta Piñera. Es más, creo que Piñera debe preocuparse no sólo de Chile sino también de Piñera… y, por supuesto, de sus colaboradores.

Entrevistas a sus cercanos, incluso a miembros de su familia, concluyen en que él apenas necesita cinco horas o incluso menos para lograr un sueño profundo y reparador. Es lo que puede definirse como un todoterreno. Pero, ¿funciona por igual el metabolismo de su gabinete o este régimen de exigencia va a terminar, mucho antes de lo pensado, reventando a los ministros?

Porque por mucho que tengan MBAs y doctorados, ellos son también seres humanos, de esos de carne y hueso, y si bien pueden seguirle muy de cerca el tranco, como al parecer lo ha hecho Rodrigo Hinzpeter en estos años en que han formado una yunta, dudo que médicamente sea aconsejable tras un día  intenso (como por ejemplo, transmisión de mando + representantes extranjeros + fuertes fenómenos telúricos + giras a Rancagua y Constitución + primer discurso desde un balcón de La Moneda + velada en la Plaza de la Constitución), sostener reuniones en la Casa de Gobierno hasta bien entrada la madrugada.

Sí. El país vive una agudísima crisis que requiere urgencia, y para los chilenos, después de la inercia de los primeros días post 27 de febrero, resulta un verdadero bálsamo que se apriete el acelerador a fondo.  Se nota que la reacción actual no es pura cuestión de imagen, sino que se trata de imprimirle una celeridad real y verdadera a la reconstrucción. De hecho el Presidente está pidiendo todo “para mañana”,  y sábados y domingos completos. Como se ha precisado, 24 horas al día y 7 días de la semana. Pero si el sistema se mantiene en el tiempo, ¿hasta cuándo podrá seguirse con ese ritmo sin lesionar  a los secretarios de Estado, a otros altos funcionarios y, de paso, a sus familias?

El problema no se soluciona con que muchos ya cuenten con el cronómetro que el Presidente les regaló incluso antes del terremoto y que él mismo consulte periódicamente su rojo toy watch, porque el que antes Sebastián Piñera anduviera a caballo, buceara, jugara tenis y fútbol, y pilotara en un mismo día podía ser resorte suyo (total, parece que está acostumbrado) y nadie tenía por qué inmiscuirse, pero desde el 11 es diferente. Sebastián Piñera tiene la obligación de preocuparse también de Sebastián Piñera, porque el Presidente de la República ya no se debe sólo a sí mismo sino también a Chile.

Sabemos que una de sus características es tener energía de sobra, pero la energía es un recurso natural (para ponernos a tono con las nuevas terminologías) que también se agota… aunque en las personas es renovable.

No estoy diciendo, entendámonos bien, que el acelerador deba relajarse, sobre todo durante este período post-catástrofe, pero hay que verificar cómo se presiona ese acelerador. ¡Y si no hay que recordar que hasta los mejores autos japoneses han tenido problemas precisamente con sus aceleradores!

No deja de ser preocupante que en  uno de sus principales discursos Piñera haya enfatizado que “mientras muchos chilenos y chilenas duerman, tendrán un gobierno que trabajará sin descanso por la reconstrucción del país”.

Ojalá ésta sea sólo una metáfora, porque de lo contrario a poco andar el novel oficialismo comenzará a desfallecer. Por algo se hicieron los días y las noches, y no todo ser humano es un… Sebastián Piñera.

No puedo dejar de recordar una frase de un clásico autorazo inglés: Ronald Knox, quien delimitó muy bien las diferencias entre el día y la noche, incluso para hacer un parangón con la vida y la muerte. Escribió que “el hombre sale a trabajar hasta el anochecer: entonces llega la noche y, con una amable sonrisa, (Dios) nos manda dejar todos nuestros juguetes, con los cuales nos alborotamos tanto nosotros (…), nos cierra los libros, nos esconde las distracciones, extiende un gran manto negro sobre nuestra vida…; cuando la oscuridad se cierra a nuestro alrededor, vivimos un ensayo general de la muerte; el alma y el cuerpo se dan las buenas noches… Luego llega la mañana y con la mañana el re-nacimiento”.

Es en ese re-nacimiento, a plena luz del día, y quizás con fuerza y vigor renovados, cuando también se puede reconstruir Chile. Pero, ¿a quién le interesan mis desvelos? Mejor me quedo callada.■■■■■

Lillian Calm

Temas.cl

16/03/2010

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A comienzos de siglo XVIII reinó en Prusia un hombre muy temperamental. Federico Guillermo tenía la costumbre de pasear sin escolta por las calles de Berlín. Cuentan que cuando encontraba alguien que le desagradara, lo que ocurría con frecuencia, no dudaba en golpearlo con su bastón. Por esa razón cuando la gente lo veía a lo lejos, prudentemente huía lo más rápido posible.

En cierta ocasión, como de costumbre, el rey avanzaba golpeando el suelo con su bastón. Un berlinés, tomado por sorpresa, tratando de huir del monarca, se ocultó en un portal. Ahí lo sorprendió Federico Guillermo, y lo increpó de inmediato:

- Eh, tú, ¿A dónde vas?

El pobre hombre, que temblaba de miedo, le indicó con la cabeza una la puerta.

- ¿Vives ahí?, lo interrogó.

El hombre hizo un gesto de negación.

- ¿Es la casa de un amigo tuyo? Volvió a preguntar.

- No, Majestad.

El rey lo miró con sospecha,

-Entonces, ¿por qué entras en ella?

El hombre tuvo miedo de que se le considerara como ladrón, así que confesó:

- Lo hacía para evitar encontrarme con su Majestad. Federico Guillermo lo miró extrañado.

- ¿Y por qué quieres evitarme?

Bajando la vista, decidió decirle la verdad:

- Porque tengo miedo de su Majestad.

Al escuchar esto, Federico Guillermo montó en una de sus famosas rabietas. Agarró al infeliz por el cuello, lo sacudió violentamente, y lo increpó:

- ¿Cómo te atreves a tener miedo de mí? ¡Soy tu rey, así que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!

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