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POMPAS DE JABON

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Nueva imagen“Nunca he entendido y tampoco creído, y perdón de antemano si la ofendo, es en la genialidad de la Presidenta…” Escribe Lillian Calm.

Creo firmemente en los misterios doctrinales, como por ejemplo en el de la Santísima Trinidad, aunque con mi mente humana apenas pueda atisbar algo pequeñísimo de su verdadera esencia. Pero no pretendo comprenderlos. Sería soberbia.

Si hasta cuentan que quien llegaría a ser San Agustín paseaba un día por la playa tratando de entender el misterio de la Trinidad y encontró a un niño que había hecho un hoyo en la arena. Este le explicó a Agustín que intentaba vaciar ahí toda el agua del mar. Como él le advirtió que eso era imposible, el niño, que se supone era un ángel enviado para darle luces, le dijo al santo que más imposible aún era procurar desentrañar el misterio de la Santísima Trinidad.

Pero hay misterios terrenos que no sólo no entiendo sino en los que ni siquiera creo, contrariamente a lo que hasta hace apenas unos días le sucedía a casi el 90% de la población de Chile. Así, un misterio terreno que nunca he entendido y tampoco creído, y perdón de antemano si la ofendo, es en la genialidad de la Presidenta. A mi modesto modo de ver, son ¡puras pompas de jabón!

Es ante la adversidad, pienso, cuando se miden las genialidades. Somos un país de terremotos, pero por más que repaso no recuerdo a ningún mandatario que se haya demorado tanto en reaccionar (porque una cosa es trasladarse personalmente a las oficinas de la ONEMI y otra muy distinta responderle a las víctimas en el terreno mismo, y además echándole la culpa de la tardanza al empedrado).

Aquí más que socorrer pareciera que lo más importante pasó a ser determinar si se dio o no se dio la alerta, y a que hora se dio o no se dio, para así preservar el producto creado: la buena imagen presidencial concebida desde el segundo piso de La Moneda, que veía con horror, según nos hemos enterado, llamar a los militares. No vamos a discutir las habilidades de Bachelet. Las tiene y no pueden desconocerse. Pero se exageraron o idealizaron.

Recuerdo como si fuera hoy el día en que asumió el mando; al llegar a Santiago los creativos la hicieron caminar rodeada de niños a orillas de los espejos de agua que hay frente a La Moneda, en una idílica puesta en escena. Esos mismos niños son los que no han podido emerger debido a una educación nacional cada vez más deficiente.

La falta de liderazgo que ha quedado más que evidenciada ante este terremoto comprueba que no puede elegirse a los mandatarios por simpatía o porque se ven tan seguros cuando ante los problemas se ponen el delantal blanco, bata médica verdaderamente mágica si consideramos que muchas veces ha contribuido a revertir el  descenso en las encuestas.

Es como si en el mundo de hoy la última palabra no la tuvieran las realizaciones sino los índices ascendentes en los sondeos de opinión. No estoy contra las encuestas y pienso que, al menos las electorales, han sido muy acertadas. Pero me da cierto pudor cuando veo que se convierte a los encuestadores en verdaderos gurús del futuro del país y a las encuestas en catapultas de pompas de jabón.

Y ello porque muchas mediciones suben no con logros tangibles sino con pan y circo, que siempre dan dividendos. Afortunadamente en épocas pretéritas, digamos las romanas, en que todo era pan y circo no había encuestadores, porque un país puede pulverizarse a costa de imágenes sin sustento.

Lo que importa no es tanto la elección presidencial como lo que viene después. Afortunadamente ahora se nos ha prometido sobriedad desde un inicio. Nada de caminatas junto a espejos de agua frente a La Moneda. Es que pueden ser traicioneros.■■■■■

Lillian Calm

Temas.cl

10/02/2010

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Hacia 1770, la moda de las pelucas empolvadas de la aristocracia francesa e inglesa habían alcanzado tal magnitud, que las pelucas podían alcanzar 1,2 metros de alto, y se decoraban hasta con pájaros embalsamados, réplicas de jardines, platos de fruta o barcos a escala.

La falta de higiene (no se las quitaban por semanas o meses) y el volumen de estas pelucas ocasionaba que no sólo piojos y pulgas las infestaran, sino que hasta pequeños ratones hicieran de ellas su hogar.

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Cuando los conquistadores ingleses llegaron a Australia se asombraron al ver unos extraños animales que daban saltos increíbles.

Inmediatamente llamaron a uno nativos e intentaron preguntarles mediante señas qué era eso.

Al notar que siempre decían “Kan Ghu Ru” adoptaron el vocablo inglés “kangaroo” (canguro). Los lingüistas determinaron tiempo después que los indígenas querían decir “No le entiendo”.

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