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NOSTALGIAS, DUDAS, OMISIONES, A PROPÓSITO DE EFE

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NOSTALGIAS,  DUDAS,  OMISIONES,  A  PROPÓSITO  DE  EFE

Nueva imagen“En ese entonces, en Chile la instituciones funcionaban. Vaya esto como un homenaje a lo que fueron los Ferrocarriles de Chile”, escribe Miguel Letelier Valdés.

De visita en casa de un amigo a quién no veía hacía mucho tiempo, tuve la oportunidad de revivir fuertes vivencias infantiles y de la adolescencia, que marcaron una época gloriosa de viajes, observaciones y descubrimientos. Mi amigo me invita a visitar un sótano donde guardaba curiosidades antiguas y diversos objetos ya casi olvidados en su uso y utilidad. Me descubre una gran caja, donde comienzan a aparecer piezas y elementos de un maravilloso juguete que estuvo de moda en los años 40 y 50: se trataba de los famosos trenes eléctricos fabricados a escala por el taller de don Carlos Doggenweiler, de la calle Arturo Prat, y que alcanzaron una perfección raramente vista en este tipo de manufacturas. Vías, locomotoras, puentes, túneles, vagones, estaciones, señales ferroviarias, hechos en miniatura a la más sorprendente escala imaginable, eran manufacturados hasta con sus más mínimos detalles y conservando una estética impecable. Estas maravillas estaban expuestas en una enorme vitrina —hoy día “show-room”— donde el público podía observarlas extasiado por horas y luego decidirse a comprar equipos completos o piezas sueltas. Desde la madera de los durmientes, hasta los motores eléctricos de las locomotoras, desde la iluminación de los vagones de pasajeros hasta las barricas de vino de los carros de carga, todo era obra de este taller donde se empleaba la más alta tecnología para la época. La calidad de los materiales era de primerísima clase lo que hacía de su funcionamiento una proeza mecánica que embelesaba a grandes y chicos.

Transportado a esos tiempos, en un viaje imaginario, comencé a recordar todo ese mundo, encadenando una cosa tras otra y formulándome  un sinfín de preguntas.

¿Dónde está la catenaria (cables conductores de la corriente eléctrica) que seguía la vía férrea desde Mapocho hasta Llay-Llay, quién se la robó, porqué la sacaron, nunca más el tren de ese recorrido será eléctrico? ¿Dónde se depositaron los suntuosos y sobrios vagones dormitorios, identificados en su puerta frontal con letras —K, P, H, etc., (dependiendo de su lugar de destino final) y que lucían una maciza placa de bronce en sus costados exteriores con el logo “BRESLAU  BRAUNSCHWEIG 19…”— con su suave y silencioso andar, su confortable calefacción, sus dobles ventanas aislantes, su impecable limpieza y la jovial amabilidad de su personal, réplica lejana de una comodidad y organización de nivel  europeo que nos era del todo desconocida? ¿Quedará alguien que recuerde haber abordado uno de estos coches dormitorios en la antigua estación de Puerto Montt, bajo una lluvia torrencial y sentirse entrando al mundo del confort, de la calidez y de la seguridad? ¿Dónde están sus enchapados finos de encina, de caoba y de cerezo en sus puertas, camas y decoración? ¿A qué fundición o casa de remates  fueron a parar la estupenda quincallería, el menaje y los robustos accesorios metálicos de que adornaban sus generosos espacios?  ¿Quién se llevó las decorativas lámparas “art decó” que alumbraban los espaciosos coches de primera clase, con sus asientos de cuerina negra, antes de atravesar  la serie de túneles entre Calera y Limache, siendo el más largo de ellos el de San Pedro? ¿Qué ávido anticuario arrasó con detalles algo kitch pero de indudable calidad que adornaban los lujosos coches “pullmann” que en algunos trenes se le agregaban a los expresos de las 11,45 y 17,45 desde Santiago a Valparaíso? ¿En qué desván ferroviario se apilan los estupendos coches comedor pintados exteriormente de azul, algunos también color bermellón, con sus impecables mesas de cuatro en cuatro, enormes ventanales, mozos de largo delantal blanco, donde —si era de día, mirando las alamedas, viñedos y montañas que hacen hermosísimo el paisaje del Chile central y de noche bajo una espléndida iluminación que presumía de cierta elegancia— se  degustaba un menú de notable variedad y calidad regado con los mejores vinos de Chile? ¿Cómo se llamará el afortunado que desguazó los increíbles vagones de recargado estilo victoriano y mullido confort del Ferrocarril Trasandino que hacía el recorrido Los Andes-Mendoza? ¿Cómo es posible que se haya abandonado ese notabilísimo tramo ferroviario, obra espectacular de ingeniería, al punto que hoy se encuentra totalmente destruido a partir de Río Blanco? ¿Cómo desaparecieron las soberbias locomotoras eléctricas alemanas de hasta 24 ruedas que arrastraban enormes convoyes a través de cerros, cuestas y quebradas? (Hubo una expuesta en Valparaíso, en Barón, durante un tiempo, pero luego desapareció, tal vez por anticuada). ¿No queda ni una para el recuerdo de nuestros hijos? ¿Las vendieron por kilos de fierro? ¿En qué patio perdido de alguna maestranza ruinosa se encontrarán las locomotoras italianas “AZIENDE”, cuya esbelta figura producía orgullo por su velocidad y tecnología? ¿Dónde fueron a parar los estéticos y entrañables vagones de cola de los convoyes de carga, que hacían el papel de habitáculos para el personal y de bodega para guardar implementos de trabajo? ¿Qué destino tuvieron las poderosas locomotoras a vapor, las que saliendo de la estación de Antilhue, donde se sumaba el convoy que venía del sur al que procedía de Valdivia, arrastraban hasta veintitrés vagones formando una cinta en movimiento de impresionante visión? ¿O las que bufaban humeantes por decenas en la maestranza de San Rosendo? ¿De qué pueden vanagloriarse ahora, cuando esas máquinas, arrastrando una quincena de vagones, alcanzaban velocidades de 120 K/h, en zonas rectas, como por ejemplo en la llamada “recta de Longaví”?  ¿Quién se acuerda de las grandes estaciones, como la Central, la Mapocho o la de Valparaíso, donde se alineaban las boleterías con espaciosa sobriedad y organización y  con ese olor característico, imposible de describir, pero era “olor a tren”, y que presagiaba la aventura en que uno se embarcaría, donde circulaban nerviosos los hombres del “gorrito colorado”, su impecable personal administrativo y su amabilidad no común en el chileno? ¿Alguien vio la llegada del atestado y kilométrico tren de Santiago a la estación de Cartagena en época estival cuando las masas populares se derramaban como torrentes por los andenes en busca de la playa y la brisa marina? ¿En qué chiribitil barato y sucio se transformaron las salas de espera, los “buffet” y mejor no hablar, los “toilettes”? ¿Cómo terminarán los cientos de otras estaciones, algunas de ellas de destacado valor patrimonial y en cuyo diseño y construcción se tomaron en cuenta importantes parámetros técnicos y estéticos?  ¿Merece un recuerdo la “Cachito”, una excéntrica mendiga algo fronteriza y andrajosa que limosneaba en los trenes locales únicamente entre las estaciones de Purey y Los Lagos, cerca de Valdivia, y se acordará algún viajero de las “palomitas blancas”, las que impecablemente albas ofrecían por las ventanillas sus “sanguches” y dulces, en los andenes de Melipilla y Quillota? ¿En qué momento pasó a ser la nada misma el automotor que corría desde La Calera a La Serena, el cual después de ocho fatigosas horas de viaje llegaba a una “estación fastuosa, enteramente iluminada, con arcos estilo romano y baldosas de lujo, puerta de entrada a La Serena” según la descripción de la escritora naïf  Violeta Quevedo? ¿Qué fue de los carros de carga, los que una vez cargados y sellados, se les garabateaba una leyenda con tiza con las estaciones de salida y destino, que decía, por ejemplo: “LISTO. LONQUIMAY-SAN ANTONIO”, o talvez VIVANCO-LOS ANDES, o mejor LOS SAUCES-YUNGAY? ¿Cómo se borró del imaginario santiaguino el “Ferrocarril del Llano de Maipo”, el “Ferrocarril Santiago Oeste” o el “Ferrocarril Militar a “La Obra”? ¿Qué pasó con la exactísima puntualidad de los trenes, incluso en los ramales más alejados? ¿Cuánto dinero habrá ganado los que hicieron desaparecer todo este enorme patrimonio nacional? ¿Cuánto tardará el tiempo en sepultar los rieles del entramado de hierro que movió a Chile por generaciones y que perdurará en la memoria de los que solamente hoy son más que sexagenarios? Hermoso y triste a la vez. En ese entonces, en Chile las instituciones funcionaban. Vaya esto como un homenaje a lo que fueron los Ferrocarriles de Chile.■■■■■

Miguel Letelier Valdés.

Mayo 2008.

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