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MANSO TERREMOTO

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Nueva imagen“Tal vez no sin cierta soberbia pensábamos que tragedias como ésas podían ocurrir en Haití, pero no en Chile, este tigre que ha dejado el tercer mundo del continente…¡Pamplinas”, escribe la periodista  Lillian Calm

Es de esas anécdotas periodísticas que al final uno no sabe si sucedieron o si tienen mucho de leyenda. En todo caso debo confesar que no he comprobado su veracidad. Cuentan que para el terremoto de Chillán, el único que quedó en condiciones de sacar el diario local fue el linotipista, que sabía de prensas pero nada de redacción. Como pudo, el hombre tituló a grandes caracteres “Manso terremoto” y la edición apareció. Manso, por supuesto, no en el sentido de benigno ni apacible, sino de ese criollismo que ni siquiera debe estar aceptado por los eruditos y con el que calificamos algo muy tremendo.

“Manso terremoto” son las palabras que recordé inconscientemente esa larga noche del viernes al sábado y, con ellas, al valiente linotipista que bandera al tope había cumplido décadas antes con el que creía era su deber al ser el único que podía resollar después de la tragedia. ¿Qué sería de él? ¿Cómo encontraría luego a su familia, su casa, todo lo suyo? Porque bien se le puede aplicar a él, como ahora a tantos chilenos, una frase con que hace apenas unas semanas yo sintetizaba en una columna de Temas y Noticias lo que pensaba afectaba a demasiadas víctimas haitianas, “cada una  de las cuales era irrepetible, con su alma y cuerpo; cada una tenía un nombre, su personalidad, sus creencias, su familia y sus amistades, sus costumbres, sus gustos, sus  alegrías y dolores. Cada una había sido creada expresamente por Dios, a su imagen y semejanza”.

Tal vez no sin cierta soberbia pensábamos que tragedias como ésas podían ocurrir en Haití, pero no en Chile, este tigre que ha dejado el tercer mundo del continente (al menos, eso es lo que creemos) con construcciones antisísmicas, instituciones eficientes, comunicaciones inmejorables, un modernísimo aeropuerto y hasta una mayor cultura.

Pamplinas. ¡Si se ha comprobado que ni el mejorado Transantiago fue capaz, durante horas, de volver a funcionar como lo estaba haciendo! Eso en la capital. Y en la capital y también en otros puntos del territorio hubo ciertas inmobiliarias que evidenciaron que, al parecer, les importa más amoblar el departamento piloto que cumplir con la adecuada certificación estructural de sus construcciones. El país de los TLC comprobó asimismo que el aeropuerto recién remozado no era sino una endeble caja de fósforos. Y Chile demostró que a pesar de lo que las empresas de comunicaciones invierten en  marketing, avisaje y promotoras, somos sólo un país incomunicado. Entretanto bandas de ladrones  —quizás esas mismas masas que repletan dudosos festivales seudo culturales— no sólo amenazaron a los habitantes de las poblaciones, sino que arrasaron con plasmas, lavadoras y computadores en un pillaje muchísimo más organizado que la demorada reacción de las autoridades. Eso fue lo que permitió al diario limeño “Perú 21” solazarse al titular —¡y objetivamente!— en primera plana: “Saqueo en Chile”.

Llegué a pensar que para gobernar no bastan las sonrisas ni los altos índices de popularidad, pero luego rechacé la idea pues recordé que soy periodista y como tal es preferible mantener la neutralidad. Pero no la pude mantener cuando escuché una airada respuesta del ministro de Defensa ante una pregunta periodística concreta (ya ni siquiera podría precisar cuál fue) en que se le inquiría por la lentitud de la reacción oficial. Me pareció en ese momento que  más que la trasmisión de una conferencia de prensa alguien se había subido a un ring y, como de box no entiendo, preferí apagar la radio.

Seguramente esa autoridad no estaba bien informada de tantos y tantos casos, pero la verdad es que la burocracia del Chile del siglo XXI es motivo de escándalo. Cada uno de nosotros conoce a alguna o algunas víctimas. La mía es muy cercana: es el hijo de unos grandes amigos de toda la vida. Juan Cristóbal Johnson Roig murió esa noche. Atrás quedó una vida plena, la de un hombre trabajador (estuvo en su packing de fruta hasta entrada la madrugada), alegre, de gran corazón. Dejaba a su mujer, a sus tres hijos… el menor de los cuales nacerá dentro de un mes. Es una familia de fe, pero la burocracia obligó a su aguerrida madre hasta a llamar a los periodistas para denunciar la demora que ellos y decenas de otras familias debieron soportar en el Instituto Médico Legal. Entonces llegaron hasta camarógrafos y los trámites, me dicen, sorprendentemente se aceleraron. (Puede haber sido pura coincidencia).

O nos estaban vendiendo la pomada de un país que no era o necesitábamos este sacudón para remecernos de tantos lastres que llegan con el desarrollo. Una de dos. Pero pienso que al menos de lo material nos repondremos.

Tiempo atrás el embajador Pedro Daza, eximio diplomático ya fallecido, me contó una anécdota que era más o menos así: estaba con otros altos representantes de países latinoamericanos en una reunión internacional, y en un momento de descanso uno de ellos le preguntó a los otros cuál consideraban que era el país más soberbio de Latinoamérica. Todos respondieron al unísono que Argentina. Entonces el representante trasandino, que nos quería mucho, dijo con simpatía: “Con todo respeto pienso que son los chilenos”. Y contó que tras el terremoto de Valdivia, mientras observaba parte del desastre que había quedado, un chileno le dijo: “Por suerte esto nos pasó a nosotros que sabemos salir adelante. ¿Qué habrían podido hacer en otro país para volver a levantarse? En cambio nosotros…”.

“En cambio nosotros…”. Ese es el quid. Podemos salir adelante con una fuerte dosis de solidaridad, siempre que rescatemos de una vez por todas esa palabra noble, solidaridad, tan vergonzosamente manoseada. Pero ello sin soberbias, sin pillaje ni corrupción, sin “mordidas” como le llaman en otras latitudes a las platas que se les mezquinean (valga el término) a los presupuestos de las construcciones; sin palabrería y, sobre todo, sin caer en el puro bluff. Y quizás si algo vamos a lograr en lo inmediato es que al menos esta trasmisión del mando, a diferencia de otras anteriores,  no se va a poder farandulizar.■■■■■

Lillian Calm
Temas.cl
03/03/2010

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