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DIOS NOS ENSEÑA A DESEARLE

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febrero 25

DIOS NOS ENSEÑA A DESEARLE

cs_lewis_372x280Se  reedita Reflexiones sobre los salmos, de C.S. Lewis, que con gran belleza explica importantes hitos en la historia de la Revelación, incidiendo en aspectos del primitivo conocimiento del hombre acerca de Dios, que, aunque superados, encierran valiosísimas enseñanzas.

Éstos son algunos fragmentos del libro:

“Si existe algún pensamiento con el que tiemble cualquier cristiano es el del juicio divino. Por eso me sorprendió bastante la primera vez que me di cuenta de cómo hablan los redactores de los Salmos sobre los juicios de Dios. «Júzgame, oh, Señor, mi Dios, conforme a tu justicia» (35, 24). La diferencia es que un cristiano dibuja el caso como un juicio penal con él en el banquillo; y un judío, como un juicio civil con él como demandante. Uno confía en la absolución, o más bien en el perdón; el otro, en un triunfo rotundo con una fuerte indemnización.

Existen muy buenas razones para considerar la imagen cristiana como mucho más profunda y segura para nuestras almas. Pero esto no significa que la concepción judía deba descartarse.

Complementa a la imagen cristiana de un modo importante. Porque lo que nos inquieta de la idea cristiana es la pureza infinita del nivel de exigencia respecto al que se juzgarán nuestras acciones.

Y es que no nos damos cuenta de que ninguno de nosotros alcanzará ese nivel. Todos estamos en el mismo barco. Todos debemos confiar nuestras esperanzas a la clemencia de Dios y a la obra de Cristo, y no a nuestra propia bondad. En cambio, la imagen judía nos recuerda que quizá seamos imperfectos no sólo en comparación con el nivel de exigencia divino (lo que se da por sentado), sino también con respecto al nivel de exigencia humano. Casi con total seguridad habrá demandas insatisfechas, reclamaciones humanas, contra cada uno de nosotros. Está claro que nos olvidamos de la mayoría del daño que hemos inflingido. Pero las partes heridas no lo olvidan, ni aunque lo hayan perdonado.

La vida eterna

En la mayoría de los libros del Antiguo Testamento, la creencia en la vida futura es escasa o nula… A mí no me sorprende. Hubo naciones cercanas a los judíos cuya religión estaba abrumadoramente preocupada por la vida después de la muerte. Parece como si Dios no quisiera que el pueblo elegido siguiera el ejemplo. ¿Es posible que los seres humanos estuvieran demasiado preocupados con su destino eterno?

La felicidad o la miseria en la otra vida, por sí mismas, no son en absoluto temas de la religión. De hecho, una creencia así puede existir sin creer en Dios en absoluto. Por eso, es muy posible que cuando Dios comenzó a revelarse a los hombres, a mostrarles que Él y nada más debía ser su verdadera meta y la satisfacción de sus necesidades y que Él tendría derecho sobre ellos simplemente por el hecho de ser quien es, al margen de lo que pudiera

otorgarles o negarles, puede que fuera absolutamente necesario que su revelación no comenzara con el más mínimo rastro de beatitud o perdición. No son ésos los puntos correctos de los que partir. Una efectiva creencia en ellos, si llega demasiado pronto, puede volver casi imposible el apetito por Dios; las esperanzas y miedos personales, obviamente excitantes, van primero.

Más tarde, cuando, tras siglos de entrenamiento espiritual, los hombres hayan aprendido a desear y adorar a Dios, a suspirar por Él «como anhela el ciervo», será otra historia. Porque, entonces, aquellos que amen a Dios desearán no sólo disfrutar de Él, sino «hacerlo eternamente», y temerán perderle. Y es por esa puerta por la que pueden entrar una esperanza del cielo y un temor al infierno verdaderamente religiosos.”

C.S. Lewis

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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