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UNA MIRADA EN EL ESPEJO

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UNA MIRADA EN EL ESPEJO

738_clip_image001“A diferencia de hace cien años, el chileno de hoy —nos revela la Encuesta Bicentenario UC-Adimark— camina más seguro, más optimista respecto de su futuro personal y el de su país. Reconoce que vive mejor que sus padres y cree que en la próxima década alcanzará el desarrollo, gracias al esfuerzo personal y a una mayor igualdad de oportunidades”. Escribe Francisca Alessandri.

Si observáramos al chileno del Bicentenario, probablemente veríamos a un personaje a primera vista bien vestido, con un cierto apego a la formalidad, pero descuidado de los detalles, aquellos que le faltan para alcanzar la elegancia. Todavía se tropieza al subir los peldaños de la modernidad. Es cierto que parece creer más que antes en una promesa de futuro, pero con los pies bien puestos en esta tierra que cada cierto tiempo le recuerda que es hijo de la escasez. Lo embarga un desconfiado optimismo frente a todo lo que lo rodea, pero también lo acompaña la creencia muy arraigada de que, al final, la Virgen del Carmen está de su lado.

A diferencia de hace cien años, el chileno de hoy —nos revela la Encuesta Bicentenario UC-Adimark— camina más seguro, más optimista respecto de su futuro personal y el de su país. Reconoce que vive mejor que sus padres y cree que en la próxima década alcanzará el desarrollo, gracias al esfuerzo personal y a una mayor igualdad de oportunidades. Este chileno del Bicentenario confía más en la idea de que para progresar hay que “arremangarse” y poner manos a la obra, que en la creencia de que el Estado lo ayudará a cambiar su historia. Su escepticismo frente a los avances en educación, paz social y erradicación de la pobreza no alcanza a empañar su optimismo de que su vida irá mejor.

Pero esa seguridad se desploma cuando se aventura a definir qué es lo que lo hace único y qué debe cuidar como permanente y sagrado. El debate en torno a qué sociedad quiere, cuáles son las raíces culturales fundamentales, en qué consiste la chilenidad, lo hace dudar. De su definición de estas cuestiones cruciales depende su identidad futura.

¿Qué rol se le asignará a la familia en una sociedad que ya da muestras de tener una tasa de natalidad decreciente y en la cual el embarazo juvenil cobra niveles preocupantes? ¿Qué apoyo se le otorgará a la mujer para que se incorpore al mundo laboral sin tener que renunciar a la maternidad? ¿Qué visión del hombre y qué proyecto común quiere construir y traspasar a las futuras generaciones? Estas preguntas son fundamentales, porque de su respuesta depende la sociedad del mañana.

Por eso, el gran desafío es que cuando el chileno de 2110 se mire al espejo, reconozca sus raíces y los valores que las sustentan. Que observe con orgullo la época del vestir descuidado. Que conozca la historia menos acomodada de sus padres y abuelos, para contarles a sus hijos que nada ha sido casualidad.■■■■■

Francisca Alessandri
“El Mercurio”
01/02/2010

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Doña María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, acudía a todos los actos sociales que se celebraban con el propósito de ‘colocar’ a sus hijas Francisca y Eugenia.

Durante una recepción en el Palacio del Elíseo, en 1849, el Presidente de la República Francesa, futuro Napoleón III, fijó sus ojos en su benjamina Eugenia, y quedó prendado de ella.

En un encuentro posterior, el maduro pretendiente quiso ir más allá con la joven, a la que llevaba 18 años de diferencia, y le preguntó cómo podría llegar hasta su alcoba. Sin inmutarse, Eugenia de Montijo contestó: -Por la Iglesia.

El 30 de enero de 1853, él ya convertido en Emperador de los franceses, Napoleón III y la bella española se casaron en la catedral de Notre Dame.

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